Si hablamos
de pilchas criollas, hablamos de la vestimenta del criollo, pilcha una palabra que del quechua
significa ropa y del mapudungun arruga, una vestimenta peculiar como no hubo,
adaptada a nuestros criollos. nuestra ropas eran una mezcla de vestimenta originaria,mezclada con detalles andaluces, no podemos negar las influencias arábigas, y como siempre se vestían con lo que podían buscando comodidad y practicidad, con eses detalle coqueto que tenia el gaucho.
La vestimenta vario y evoluciono desde tiempos de la conquista a coloniales, pero sin duda fue en el 1800 donde ya estaba patente la identidad de esta nueva raza, el criollo, entonces tomaremos desde allí para describir las pilchas gauchas. A comienzos
del siglo XIX numerosos artistas retrataron la vida peculiar del gaucho, y allí
recogemos una documentación de usos y costumbre, como se vestían, entren los ilustradores
nombraremos
Emeric Essex Vidal (1791-1861) marino de profesión,
realizaba acuarelas allí donde estaba, uno de mis favoritos, sus ilustraciones
son realmente dinámicas expresando claramente la vida diaria de antaño.
Carlos Enrique Pellegrini (1800-1871) ingeniero, que se dedicó
a la pintura, realizo numerosos retratos y escenas que mostraban la tradición
rioplatense adosándole una leyenda explicativa.
Adolfo D´Hastrel (1805-1875) oficial de marina,
puntillosos en la ilustración, gracias a que era minusioso, muchos datos nos a
legado, publicando Colección de vistas y costumbres del Rio de La Plata
publicado en Francia en 1875.
Cesar Hipólito Bacle (1790-1838) fue un litógrafo popular,
realizando sátiras de la moda colonial femenina.
Juan Leon Paliere (1823-1887) pintor francés radicado
en argentina en 1855 donde retrato nuestras costumbres criollas.
Su
vestimenta era adaptada a lo que tenían y a la usanza de la época, variando a
lo largo del tiempo.
Haremos una
descripción básica y amplia de un criollo de mediados del 1800, más adelante
nos interiorizaremos en pilcha por pilcha.
Ahora bien,
empecemos una descripción desde el calzado, y esta es la bota de potro, la cual
se confeccionaba con el garrón del caballo, también las había de cuero de vaca,
pero eran más duras, son sumamente cómodas, por experiencia lo afirmo, dependiendo
la presencia de la puntera si montaba o no, ya que si quedaban los dedos
sueltos permitía montar con el estribó pampa, este era un tiento con un palo en
el medio; como se confeccionaban estas botas, se cortaba el garrón, se sobaba,
se estiraba, y se le daba la forma, era una sola pieza… y en sus piernas se
enfundaba el calzón, este era un pantalón, era de algodón o lino, de herencia
española, iba por debajo del chiripa, y
dependiendo de su apariencia, es decir, si tenía cribos, que le daban ese aire
importante, se dejaba por sobre la bota, si no tenía cribos se metía dentro de
la bota, por arriba del calzón iba el chiripa, esta prenda era originaria
de nuestras pampas, nuestros indios lo usaban como un pareo, pero cuando hubo
que montar es que se comenzó a plegar al medio, quien uso alguna vez chiripa
entiende, y de allí que vario en
diferentes modos de colocárselo, para mantenerlo bien agarrado, se fajaba, con
qué?.
La bota de potro (Pilchas Criollas /Assuncao - Really)
Una faja a modo de cinto y por arriba un tirador o culero, una prenda de
cuero, era un cinto ancho, bien ancho, que servía tanto para las tareas
rurales, como para proteger las zonas blandas de algún corte, este tirado se
ajustaba por medio de tientos, o una rastra, estas eran de importante tamaño.
Ya arriba se usaba camisa o camiseta de algodón, lino, y podía tener como no un
cuello, chaleco o corralera era un lindo accesorio, sin dudas, imitando la moda
peninsular española. Ya en la cabeza adorna un sombrero, desde el básico panza
de burra, echo así mismo con la panza de burro, a variedad de galera o galera
truncada, el clasico chambergo, hasta pasando por los simples gorros de manga, detalle a contar sobre este
la manga caía del lado izquierdo, donde se colocaba dentro una lonja de cuero
para proteger ese lado (el lado débil) de un posible corte en duelos, reyertas
y batallas.
El Pañuelo (Pilchas Criollas /Assuncao - Really)
El pañuelo, como vemos era fundamental, un gran cuadrado de
aproximadamente 80cm., podía ser de seda, de algodón, estampado, liso, etc. se
podía usar siempre atado sobre los hombros,de golilla, sobre la cabeza hasta los hombros, anudado bajo la pera, será
serenero, también uno lo podía atar en la cabeza como vincha o la corsaria,
para faenas, como también, taparse la boca y nariz cuando arecía el viento; y
nos falta el ultimo atavió del criollo, fundamental, desde esos tiempos a hoy
infaltable, yo, por mi lado siempre llevo uno, si, el poncho, un paño
rectangular grande con flecos, y agujero en el medio, abrigo en las frías
noches, protección en los momentos de peligro, los hubo de diferentes confecciones algodón , alpaca, vicuña, hasta cuero, como así de diferentes colores
identificando desde su pensamiento político, como el celeste unitario y el rojo
federal, o como lo usaba el General San Martín, de un color ocre, marroncito,
que eran para confundirse con el terreno, allá en Mendoza, esta prenda es otra pilcha originaria, Poncho es una palabra de origen quechua y mas allá que su confección es simple es aquí donde se uso y su uso se propago.
confección del panza de burra (Pilchas Criollas /Assuncao - Really)
El gaucho vestía así, igualmente el consideraba parte de su atavió las espuelas, de las que se destacan las nazarenas, sus cuchillos el verijero adelante y un facon atrás con el filo hacia arriba listo para salir "cortando", un dato a tener en cuenta que a veces el gaucho era pobre, muy pobre andando en patas , un chiripa y un poncho, muchas crónicas cuentan esto, en muchos fortines el gaucho no recibía la paga ni uniforme, , con los años andaban andrajosos, pero esa es otra historia que igualmente tenemos que tener en cuenta,es así se vestía
promediando un criollo del siglo XIX.
Hay que hacer una mención a Fernando Assuncao, con su libro "Pichas Criollas" en el cual describe las prendas criollas, desde la confeccion, historia y usos, recomendado para todo tradicionalista, este post esta acompañado por imágenes de su libro ilustradas por Federico Reilly.
El Sombrero (Pilchas Criollas /Assuncao - Really)
mas adelante se introdujo la alpargata, la boina vasca, y muchas prendas mas, que hoy día aun se usan y mas que nunca, pero eso es para otro post y otro tiempo...
El Poncho (Pilchas Criollas /Assuncao - Really)
Galería Fotográfica
Gaucho Museo del traje
colorado del monte y dama antigua Museo del traje
uncu camisa precolombina /poncho (año 1100-1500) Museo de arte precolombino (Chile)
El fiyingo
es un cuchillo pequeño, de uso y portación diaria, algo asi como el verijero, diríamos,
posee una hoja delgada (en comparación
con un cuchillo de mayor tamaño) y alargada...estilizada.
De donde
viene su nombre? Se supone que fiyingo, viene de fillingo, deformación del portugués
Fliho (hijo) y el diminutivo, "hijito" forma 'cariñosa' de referirse
a un cuchillo chico, y ya sabemos que tan cariñosos somos los criollos con
nuestros filos.
En concreto,
estamos hablando de un cuchillo con una hoja de no más de 18 centímetros. Si
bien puede ser una hoja chica que con mango y todo terminara portando unos 25 centímetros,
puede ser grande?, pero puede ser que efectivamente sea un fiyingo, hay cuchillos
más grandes ciertamente, los detalles en claro sería un cuchillo pequeño, que
se porta de manera oculta, con fácil desenvaine, hoja estilizada, y con fines
de pelea, de la defensa a la pelea…ese es el fiyngo.
La Portación.
Se portaba
en la sisa del saco, chaleco, en una sobaquera con tientos o simplemente en un
bolsillo, lo importante era que no se note y que al salir, salga cortando.
El "mito urbano", no tan
mito.
Hasta 1957
existían en la porteña Buenos Aires, los llamados edictos policiales, entre
ellos uno, específicamente reprimía la "portación de arma blanca"
cuya hoja excediera los cuatro dedos. Ello porque se consideraba la medida
necesaria para interesar un órgano vital. Esto se aplicaba a toda pieza de
hoja, plegable o fija. Cuando los edictos fueron derogados por la llamada
Revolución Libertadora, se los incluyo en un Código Contravencional, casi sin
modificaciones, esta es una de las historias de las que se habla el porqué de
un cuchillo pequeño y oculto, en esos malevos de principio de siglo.
Y de yapa un
cuento de Borges donde adivinen que cuchillo anda por ahí…
El Hombre de la esquina rosada.
Por Jorge Luis Borges (1899–1986).
A Enrique Amorim
A mi, tan luego, hablarme del finado
Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el
sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y
la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero
es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a
dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A
ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre,
pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa
Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don
Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más
paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los
perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo
dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta;
la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta
el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion
de Rosendo.
El Hombre de la esquina rosada por Breccia
Parece cuento, pero la historia de
esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno
hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de
barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele
guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros
sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el
medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a
matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la
capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de
tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende
tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el
camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por
la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo
también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal,
así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal
baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a
todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero
había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
El Hombre de la esquina rosada por Breccia
La caña, la milonga, el hembraje, una
condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón
que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más
feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la
intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y
nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo
mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que
ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más
cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender
a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato
largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un
silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro.
El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía
Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y
una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que
era aindiada, esquinada.
Me golpeó la hoja de la puerta al
abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha,
mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del
chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El
hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como
despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo
del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió,
siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin
ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como abanico, apurados.
La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y
antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo
que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El
establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un
cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le
tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras
cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como
riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido
para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con
apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El
Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de
chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló
cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el
antebrazo y dijo estas cosas:
—Yo soy Francisco Real, un hombre del
Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a
estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un
hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno
que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero
encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje
y de vista.
Dijo esas cosas y no le quitó los
ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija
lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que
empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta
del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
En eso, oigo que se desplazaban
atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la
barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote
entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y
tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar
a tallar si el juego no era limpio.
¿Qué le pasaba mientras tanto a
Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin
alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al
fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra
punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo
y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera
lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el
carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y
le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
—Rosendo, creo que lo estarás
precisando.
A la altura del techo había una
especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió
Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe
hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el
Maldonado. Yo sentí como un frio.
—De asco no te carneo —dijo el otro,
y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó
los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
—Dejalo a ése, que nos hizo creer que
era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un
espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le
metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La
milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero
sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
—¡Vayan abriendo cancha, señores, que
la llevo dormida!
Dijo, y salieron sien con sien, como
en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí
unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el
calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche,
¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de
guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que
las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje
de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y
lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en
más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería
salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era
Rosendo, que se escurría solo del barrio.
—Vos siempre has de servir de
estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno.
Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda
la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un
caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos— y pensé que yo era apenas
otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas.
¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el
castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto
más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿Basura? La milonga déle loquiar, y
déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al
ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de
otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto,
pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían
dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto.
Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era
cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor
ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como
si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré
en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros
tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo
y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del
Norte, no decían esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que
sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y
después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si
ya no juera de alguien, diciéndole:
—Entrá, m’hija —y luego otro llanto.
Luego la voz como si empezara a desesperarse.
—¡Abrí te digo, abrí gaucha
arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la
Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
—La está mandando un ánima —dijo el
Inglés.
—Un muerto, amigo —dijo entonces el
Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos
todos, como antes, dió unos pasos marcados —alto, sin ver— y se fue al suelo de
una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le
acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos
entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y
ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina.
Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El
hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los
brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió
hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que
en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa
puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le
iba a creer?
El hombre a nuestros pies se moría.
Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin
embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el
mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. “Tápenme
la cara”, dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no
iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso
encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del
chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se
animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los
hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el
Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
—Para morir no se precisa más que
estar vivo —dijo una del montón, y otra, pensativa también:
—Tanta soberbia el hombre, y no sirve
más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron
diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
—Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella,
y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé
como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban,
para no decir todos. Dije como con sorna:
—Fijensén en las manos de esa mujer.
¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
—¿Quién iba a soñar que el finao, que
asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y
en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae
alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.
En eso iba creciendo en la soledá un
ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su
razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar
el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que
pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo
levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo
aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo.
Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso,
después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y
sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las
vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La
Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la
ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas
habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos
postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados
finitos no se dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que
estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en
seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges,
volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el
chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba
como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.
“Hombre de
la esquina rosada” pertenece al libro Historia universal de la infamia (1936)
Fuentes:
Jorge Luis
Borges, Historia universal de la infamia (1936)
Realidad y fantasía se mezclan en la
vida del personaje de Eduardo Gutiérrez. Hubo quien creyó que fue tan sólo una
invención del folletinero porteño, luego plasmada -y popularizada- en un libro
cuya portada muestra el grabado de un gaucho huyendo de la partida, pero esta
historia es real, sigue leyendo y no solo lo comprobaras, sabrás mas de este
gaucho matrero, cuchillero, que en sus últimos días se enderezo…
Pero lo
cierto es que existió! Eduardo Gutiérrez lo visito en la penitenciaria, donde
escribió su historia, también lo demuestran los expendientes judiciales
consultados de los partidos bonaerenses donde sus fechorías se hicieron patentes
y, en el archivo histórico de la ciudad de La Plata, y como si fuera poco, con
un arduo trabajo de investigación conseguí esta imagen que muestra a Felipe
Pacheco, El Tigre de Quequén, junto a sus hijo poco tiempo antes de fallecer.
Eduardo Gutierrez, el mentor de la leyenda
El comienzo
de la vida de matrero de Felipe Pascual Pacheco, alias "el Tigre del
Quequén", tiene mucho en común a la de tantos gauchos de la época: una
“injusticia” lo llevó a defender su hombría a punta de facón. Este fue el
comienzo de una serie de desencuentros con la justicia las partidas, y así
comenzó su leyenda.
Felipe
Pacheco había nacido en 1828 en el barrio porteño de Palermo, pero cuando
todavía era un niño fue abandonado por sus padres y es criado por una mujer
llamada Gregoria Rosa.
Hacia 1860
Pacheco llegó a la Lobería Grande y contrajo matrimonio con Juana Moreno, madre
de seis de sus hijos. Su vida transcurrió sin mayores sobresaltos hasta 1866,
cuando comenzaron las desdichas, ya que en duelo hiere de gravedad a un matrero
muy mentado, por lo cual, tuvo que adentrarse campo adentro. Así es como
comienza y Felipe Pacheco cimenta su fama a punta de cuchillo y, según relatan
crónicas de la época, "era temido por los gauchos e imbatible con el facón
y el rebenque".y gana el mote de "el Tigre del Quequén", por su
astucia, fiereza y sorprendente habilidad para evadir a la partida.
Fue así que
en el año 1866 se le inicia a Pacheco una causa criminal por una muerte hecha
en el partido de la Lobería. Dice el escrito "que el criminal ha
desaparecido y abandonado sus bienes y familia" (tenía 6 hijos).
Pacheco se
reúne nuevamente con su familia y se establece en la estancia de un fuerte
hacendado, Don Angel Zubiarre (cerca de la actual ciudad de Necochea), Don
Zubiarre era uno de los primeros pobladores de Necochea, y bajo su ala de
protección estuvo El Tigre. Con el tiempo se hace de una tropilla, también es
conchabado como resero y recorre con este oficio varios partidos del centro sur
de la provincia de Buenos Aires, para El Tigre son tiempos de paz… pero a
menudo en pulperías o campamentos de troperos, debe responder-a rebencazos,
como era de rigor- a las bravuconadas de paisanos provocadores o de simples
pleiteros en busca de gloria, ganarse la fama de ser el matador del Tigre de
Quequén, es así que cada duelo o "hazaña” de acrecentaba su fama de
matrero. Fue tildado de ladino, pendenciero y malentretenido. Perseguido
durante años y por el odio que le inspiraron los hombres, estableció su real en
una cueva de las barrancas del río Quequén. Por su fiereza y habilidad, para
salir airoso de cuanta celada le era preparada, fue apodado "el Tigre del Quequén".
En la zona
de Tres Arroyos, donde luego se desempeña como asistente de los jueces de Paz,
Antonio Arancibia y Bernardo Arriaga, quien finalmente le advierte que desde el
juzgado de Dolores solicitan su captura, tarea para la cual es encomendado el
famoso policía "gorra colorada", que lo termina atrapando cuando
"el Tigre" salía de su cueva.
La cosa fue
asi, la leyenda del Tigre, el gaucho bravo y pendenciero, comenzaba a forjarse.
Durante una década supo burlar con fiereza y habilidad los intentos de
sucesivos sargentos para enviarlo tras las rejas. Los vecinos del Quequén
Salado, atemorizados por su fama, lo denunciaron en 1875, y el comisario Luis
Aldaz,más conocido como
“El Gorra Colorada” otro rudo personaje de la campaña y diez soldados fueron
enviados tras sus huellas.
Cerca del
Paso del Médano -por Copetonas- vieron un perro solitario que mansamente los
llevó a la guarida de su amo. Despojado del facón y del trabuco que tenía entre
sus ropas y sin oponer resistencia, Pacheco fue arrestado y marchó preso atado
sobre su propio caballo.
En palabras
delpropio Aldaz…"uno de esos
criminales que solamente con su presencia aterroriza... autor de 14 asesinatos
alevosos y de tener familia con sus propias hijas", pero si bien se le
asignaban 14 muertes, cuando el juez de Dolores le pide a su par de Tres
Arroyos que informe si "el Tigre" tenía causas o sumarios abiertos, le
aclara que es totalmente inocente, incluso, hasta del homicidio de un vasco de
la zona del que estaba acusado". En realidad, sólo se le pudo imputar un
asesinato y una fuga. Al mayúsculo cargo de incesto, el juez lo desechó de
plano. También expresaba el Dr. Aguirre, que "de los demás crímenes
atribuidos a Pacheco, no había ningún elemento para imputárselos".
Sobreseía a éste y que "debía cumplir la sentencia en la Penitenciaría de
Buenos Aires por el hecho de 1866". Lugar donde ingresó Felipe Pacheco en diciembre
de 1876.
Ilustracion correspondiente a la primera edicion (1880)
Al parecer recuperó
su libertad el año 1880, en premio a su buena conducta y en atención a un
problema de salud. Lo cierto es que, tiempo más tarde y escapándole a su fama
de "hombre malo", el "Tigre" llegó a La Pampa. Se establece
en los campos de Quehué en 1887. Allí peonaba en distintos puestos, cuidando su
pequeño capital en haciendas y caballos. Era muy requerido para amansar
caballos, oficio que entre otras cosas, le había dado renombre en los pagos
bonaerenses de sus años mozos.
Luego tomó
una plaza como postillón en la mensajería de Valleé, que por aquellos años
hacía su servicio entre Trenque Lauquen y General Acha. Posteriormente,
abandona esta ocupación y levanta su rancho en un abra del monte circundante al
paraje Toay. Allí existía un boliche llamado "el fortín Llorens",
ubicado a pocos metros de la famosa fuente que diera nombre desde muy antiguo a
toda la zona y, posteriormente al pueblo.
Aunque entre
los moradores del punto era conocido como Pacheco "el malo", se le
había dado este título más como respetuoso reconocimiento a sus pasadas
andanzas que por pendencias en el lugar. Los testimonios son coincidentes en
que nunca, desde que vivió en Toay, tuvo un altercado con nadie. Siempre se
reveló como un hombre trabajador, pacífico y de hábitos familiares. Pues una
joven mujer que lo acompañaba como esposa, Anacleta Viera, le había dado 6
hijos pampeanos, poderosas razones para no replicar violentamente a indirectas
intencionadas que algunas veces le dirigían imprudentes o camorreros.
La
especialidad de Felipe Pacheco eran los trenzados de sogas, riendas; lazos;
bozales, muy condicionados entre el criollaje, en quienes hallaba pronta
clientela. Si bien vivía humildemente, como buen gaucho presumido gustaba
mostrar sus lujos. Era común que cayera a cuanta reunión campera hubiera,
montando su "crédito", un soberbio zaino rabicano emprendando
ricamente en plata, causando la admiración y codicia de todos. En tales
ocasiones era, invariablemente, centro de la reunión. En fluida charla, gustaba
relatar sus pasadas andanzas. Adoptando su más estudiada pose de compadre neto
afirmaba no haber sido asesino, y al rosario interminable de muertes que se le
imputaban lo reducía a unas pocas, y a éstas haberlas hecho en "güena
lay".
Felipe Pacheco en Toay junto a sus Hijos
Cuando Juan
Brown funda el pueblo, observando su comportamiento ejemplar y el predicamento
adquirido entre el gauchaje de los puestos circundantes, lo hace su hombre de
confianza y habitualmente lo ocupaba en diversas tareas camperas. Lo protegió
durante años y le permitió vivir en su campo. Su aún fuerte contextura física,
pese a ser un hombre de 77 años, se vio atacada por un incurable mal. Felipe
Pascual Pacheco, muere el 30 de noviembre de 1898 en su rancho de Toay. Consta
en el acto del libro de defunciones que el deceso se produce a causa de
"reblandecimiento cerebral”, según el certificado médico del Dr. José
Oliver. Horas más tarde de ese mismo día, y también según el archivo del
Registro Civil, nacía Agustina, la séptima hija de aquel hombre de 77 años.
La “Cueva del Tigre”
Es una
caverna a orillas del río Quequén Salado, donde supo refugiarse Felipe Pascual
Pacheco, nuestro legendario gaucho matrero, de vida errante y facón a la
cintura. Hoy es una atracción turística conocida, el sitio está ubicado a unos
15 kilómetros de Copetonas. Tomando la ruta hacia Brío. Reta a la altura del
cementerio de Copetonas sale un camino entoscado que desemboca en ese sitio
donde la naturaleza fue pródiga, bañada por las aguas del río Quequén Salado
--límite natural entre los partidos de Tres Arroyos y Coronel Dorrego-- rodeada
de altos barrancos, con una impactante cascada (llamada "salto del
tigre"), se refugiaba el temible Pacheco, que para algunos historiadores
era un bandido rural, y para otros una especie de "Robín Hood"
pampeano.
Quien era Luis Aldaz, el cazador del
Tigre.
Luis Aldaz
nace en Pamplona, Navarra en 1943, era hijo de Martín Aldaz y de Graciosa
Arbizú, ambos de nobles familias españolas. Llegó a Buenos Aires en 1871, bajo
la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Le tocó vivir en una Argentina en
pleno proceso de reorganización nacional y modernización, y al mismo tiempo
bajo los últimos atisbos del caudillismo tan arraigado en el interior del país.
Ingresó como soldado voluntario del Batallón Guardia Provincial, bajo las
órdenes del comandante José Ignacio Garmendia. Combatió contra las fuerzas del
caudillo entrerriano López Jordán, ascendiendo hasta teniente primero en 1878.
Fue oficial de la policía rural de la provincia de Buenos Aires desde 1879.
Apoyó la política centralista y porteña de Carlos Tejedor en la revolución de
ese año, participando en los combates de los Corrales y Puente Alsina contra
Bartolomé Mitre, en 1880. Tras la federalización de Buenos Aires, pasó a la
policía de provincia como oficial de frontera.
Llegó a
prestar servicios y ser nombrado comisario en Guaminí (provincia de Buenos
Aires) entre 1906 y 1917. Ese mismo año fue nombrado inspector general y tres
años más tarde se le designó alcalde del departamento de policía de la ciudad
de La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires).
Durante
treinta y cinco años prestó servicios contra el gauchaje alzado, persiguiendo
matreros, criminales y ladrones de ganado. Había recibido varias cicatrices de
lanzazos, cuchilladas y balazos al someter a temidos delincuentes, como el
célebre Felipe Pacheco, alias El Tigre de Quequén. Se le conocía con el apodo
de Gorra colorada por el quepis rojo que llevaba. Era de complexión robusta,
alto y fornido, con una increíble fuerza física y un riguroso sentido de la
justicia.
Ilustracion orrespondiente a la primera edicion (1880)
La Jefatura
de Policía de la provincia de Buenos Aires le decretó honores especiales a su
muerte por considerarlo el decano de los funcionarios policiales, por su
conducta intachable y los innumerables servicios prestados.
Dejando de
existir en La Plata, un 12 de septiembre de 1920.
Y una última historia que se supo de
el
En sus
últimos años de vida, viejo y en paz, hallándose en unas carreras en el Camino
de la Arena, un mocetón le cruzó las espaldas con su rebenque y él, haciendo
ademán de atropellarlo, se contuvo y exclamó;
— Guacho,
canalla!... Hubieras estao veinte años en una cárcel y veríamos si
rebenqueabas; a un hombre!
…el Tigre ya
estaba cansado.
Fuente:
Caras y
Caretas, 7 de enero de 1899, n°14
Diario
"La Arena" - suplemento centenario de Toay- Autor Walter Cazenave - 9
de julio – 1994
V. Osvaldo
Cutolo, Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, t. IV, Buenos Aires, Elche,
1975, pág. 81.
Esta forma
de tomar el cuchillo, llamada Icepick , de picahielos o agarre inverso, pensada por muchos como un agarre militar, donde se
toma el cuchillo con la hoja hacia el lado del menique y el pomo del cabo
encerrado entre el pulgar y el índice. es de lo mas pintoresco, se ve muy lindo, y agresivo, movimientos limitados, solo corta distancia de efectividad, pero...sirve? acá un breve análisis de este grip, y a posterior usted mismo decida.
Este agarre
se hizo popular como una toma táctica, y eso tiene un porque, lo vimos en
infinidad de películas diría que la más llamativa es el la pelea del film Under
Siege (en Argentina llamada Alerta máxima), con Steven Seagal y Tommy Lee Jones,
sien do Jefe Ryback, el cocinero Seal que se enfrenta al terrorista Stranix en
un duelo de cuchillo que quedo en la memoria de muchos.
Ahora bien,
de donde sale este agarre, uno de los primeros manuales militares de cuchillo que
surgen, muestra el grip Icepick como el agarre esencial para la eliminación de
centinelas, o sea , eliminar individuos, mediante la sorpresa de manera
silenciosa, siendo este grip específico para combate a corta distancia, hay
sistemas que utizan este agarre, como “Libre Fighting”, un excelente sistema de
defensa personal, otros como NAWA (Native American warrior Arts) lo utilizan en
la mano de apoyo al usar arma doble tomahawk y cuchillo, y finalmente muchos no
lo usan, en el cual se cuida la distancia, y donde se ve cual es la órbita que tendrá
el ataque del cuchillo, volviendo a los años de WWII y los primeros manuales de
Knifefighting, comienzan a aparecer otros modelos de cuchillos de pelea,
comienza a cambiar esta modalidad de ataque, es lo que se ve con el “Smatchet”
el cuchillo de knifefighting diseñado por Fairbarn, en Argentina tenemos uno
similar de la marca Yarará, llamado “Gloton” que realiza para RDA, un efectivo
sistema de combate, liderado por el Mayor Damián Rosatti.
Para terminar,
el icepick no deja de ser propio de regiones, lo vemos por ejemplo en su estado
más crudo de forma de duelo de pelea, donde? En los penales, en Venezuela, Colombia
es predominante, no asi en Argentina, Uruguay, por ejemplo ; en lo personal, me
es más cómodo y practico el agarre común, no asi el grip de icepick, pero más allá
de los fundamento hay un gran marketing en el tema.
Este
cuchillo, sin dudas perteneció a Don Juan Manuel, y en mi opinión personal, fue
un regalo, vaya uno a saber de quien, Rosas nunca demostró, asi como tampoco
dejo ver, algún lado mason, o que pertenciese a alguna logia,el era un criollo,
hombre simple, y bastante terrenal! lo abra usado? no lo creo, pero se ve que era muy lindo, y cuanta simbologia tiene este filo!!!
Hoja de acero español. Grabada de un lado con
símbolos masónicos y del otro con escudo de la Confederación con inscripción
"En Unión y Livertad", reserva con inscripción "para
D.J.M.R." sobre fondo de oro; presenta además la inscripciòn "SOY
CASTIGO DEL MALBADO" de un lado y "SOY DEFENSA DEL YNOCENTE" del
otro. Cabo de forma ahusada de oro liso en sus extremos y alambre torsado en la
parte central. Vaina con puntera, brocal y costillas de oro con decoración
grabada a flor de agua de rameados, motivos vegetales estilizados e iniciales
"E.S.D.J.M.R", forrado en pana marrón. Por tradición familiar
perteneció a Don Juan Manuel de Rosas. Este cuchillo fue usado por el General
Don Juan Manuel de Rosas en sus Campañas y hasta la batalla de Caseros. Al emigrar
a Inglaterra, acompañado por el General Don Pascual Echague y el Coronel Don
Manuel Fabre, Rosas en recuerdo le obsequió el presente cuchillo al General
Echague al volver este a Buenos Aires. Al fallecer dicho General paso a manos
de Don Leónidas Echague Gobernador de Entre Ríos. Este en el año 1880 se lo
regalo a Don José V. Victorica que fuera de la amistad de Manuelita Rosas; su
padre fue Jefe de Policía de Lavalle y Rosas. Este último se lo regalo a Don
Enrique J. Piccardo Victorica (hijo) al cumplir éste 22 años.
Largo: 38 cm.
Argentina, circa 1830.
Propietario Brigadier General Don Juan Manuel
de Rosas.
Propietario General Don Pascual Echague.
Propietario Gobernador Don Leónidas Echague.
Propietario Don José Victorino Victorica.
Propietario Don Enrique J. Piccardo Victorica.
Repoducido en la revista El Hogar del 10 de
enero de 1930, "La Guitarra y el cuchillo de Rosas" por Edmundo
Montagne, en la que se lo describe profusamente y Don José Victorino Victorica
relata su historia.
Entrevista a Don José V. Victorica, realizada
por Adriana Piquet en la revista Atlántida del 8 de noviembre de 1934, en la
que se refiere a Manuelita Rosas y su época, que el vivió, y a reliquias de la
familia Rosas, en su poder, mencionado y mostrando a la columnista el presente
cuchillo.
Carta de Don José V. Victorica a Don Enrique J.
Piccardo Victorica, su nieto y ahijado, al regalarle el cuchillo que perteneció
a Rosas, al cumplir su mayoría de edad.
Artículo de Luis F. Núñez en "La Nación" del 25 de octubre de 1992
Y mas detalles de esta lujosa pieza, una historia cuenta que fue un regalo, por cartas de Manuelita y Antonino Reyes, que se habla de un lujosos cuchillo, en mi parecer no es este, ya que hay muchos datos que no condicen con el mismo.