miércoles, 20 de marzo de 2019

Pilchas Criollas



Si hablamos de pilchas criollas, hablamos de la vestimenta del criollo, pilcha una palabra que del quechua significa ropa y del mapudungun arruga, una vestimenta peculiar como no hubo, adaptada a nuestros criollos. nuestra ropas eran una mezcla de vestimenta originaria,mezclada con detalles andaluces, no podemos negar las influencias arábigas, y como siempre se vestían con lo que podían buscando comodidad y practicidad, con eses detalle coqueto que tenia el gaucho. 

La vestimenta vario y evoluciono desde tiempos de la conquista a coloniales, pero sin duda fue en el 1800 donde ya estaba patente la identidad de esta nueva raza, el criollo, entonces tomaremos desde allí para describir las pilchas gauchas. A comienzos del siglo XIX numerosos artistas retrataron la vida peculiar del gaucho, y allí recogemos una documentación de usos y costumbre, como se vestían, entren los ilustradores nombraremos

Emeric Essex Vidal (1791-1861) marino de profesión, realizaba acuarelas allí donde estaba, uno de mis favoritos, sus ilustraciones son realmente dinámicas expresando claramente la vida diaria de antaño.


Carlos Enrique Pellegrini (1800-1871) ingeniero, que se dedicó a la pintura, realizo numerosos retratos y escenas que mostraban la tradición rioplatense adosándole una leyenda explicativa.


Adolfo D´Hastrel (1805-1875) oficial de marina, puntillosos en la ilustración, gracias a que era minusioso, muchos datos nos a legado, publicando Colección de vistas y costumbres del Rio de La Plata publicado en Francia en 1875.

Cesar Hipólito Bacle (1790-1838) fue un litógrafo popular, realizando sátiras de la moda colonial femenina.


Juan Leon Paliere (1823-1887) pintor francés radicado en argentina en 1855 donde retrato nuestras costumbres criollas.



Su vestimenta era adaptada a lo que tenían y a la usanza de la época, variando a lo largo del tiempo.
Haremos una descripción básica y amplia de un criollo de mediados del 1800, más adelante nos interiorizaremos en pilcha por pilcha.


Ahora bien, empecemos una descripción desde el calzado, y esta es la bota de potro, la cual se confeccionaba con el garrón del caballo, también las había de cuero de vaca, pero eran más duras, son sumamente cómodas, por experiencia lo afirmo, dependiendo la presencia de la puntera si montaba o no, ya que si quedaban los dedos sueltos permitía montar con el estribó pampa, este era un tiento con un palo en el medio; como se confeccionaban estas botas, se cortaba el garrón, se sobaba, se estiraba, y se le daba la forma, era una sola pieza… y en sus piernas se enfundaba el calzón, este era un pantalón, era de algodón o lino, de herencia española,  iba por debajo del chiripa, y dependiendo de su apariencia, es decir, si tenía cribos, que le daban ese aire importante, se dejaba por sobre la bota, si no tenía cribos se metía dentro de la bota, por arriba del calzón iba el chiripa, esta prenda era originaria de nuestras pampas, nuestros indios lo usaban como un pareo, pero cuando hubo que montar es que se comenzó a plegar al medio, quien uso alguna vez chiripa entiende,  y de allí que vario en diferentes modos de colocárselo, para mantenerlo bien agarrado, se fajaba, con qué?.
La bota de potro (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)
Una faja a modo de cinto y por arriba un tirador o culero, una prenda de cuero, era un cinto ancho, bien ancho, que servía tanto para las tareas rurales, como para proteger las zonas blandas de algún corte, este tirado se ajustaba por medio de tientos, o una rastra, estas eran de importante tamaño. Ya arriba se usaba camisa o camiseta de algodón, lino, y podía tener como no un cuello, chaleco o corralera era un lindo accesorio, sin dudas, imitando la moda peninsular española. Ya en la cabeza adorna un sombrero, desde el básico panza de burra, echo así mismo con la panza de burro, a variedad de galera o galera truncada, el clasico chambergo, hasta  pasando por los simples gorros de manga, detalle a contar sobre este la manga caía del lado izquierdo, donde se colocaba dentro una lonja de cuero para proteger ese lado (el lado débil) de un posible corte en duelos, reyertas y batallas. 

El Pañuelo (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)

El pañuelo, como vemos era fundamental, un gran cuadrado de aproximadamente 80cm., podía ser de seda, de algodón, estampado, liso, etc. se podía usar siempre atado sobre los hombros,  de golilla, sobre la cabeza hasta los hombros, anudado bajo la pera, será serenero, también uno lo podía atar en la cabeza como vincha o la corsaria, para faenas, como también, taparse la boca y nariz cuando arecía el viento; y nos falta el ultimo atavió del criollo, fundamental, desde esos tiempos a hoy infaltable, yo, por mi lado siempre llevo uno, si, el poncho, un paño rectangular grande con flecos, y agujero en el medio, abrigo en las frías noches, protección en los momentos de peligro, los hubo de diferentes confecciones algodón , alpaca, vicuña, hasta cuero, como así de diferentes colores identificando desde su pensamiento político, como el celeste unitario y el rojo federal, o como lo usaba el General San Martín, de un color ocre, marroncito, que eran para confundirse con el terreno, allá en Mendoza, esta prenda es otra pilcha originaria, Poncho es una palabra de origen quechua y mas allá que su confección es simple es aquí donde se uso y su uso se propago.
confección del panza de burra
(Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)
El gaucho vestía así, igualmente el consideraba parte de su atavió las espuelas, de las que se destacan las nazarenas, sus cuchillos el verijero adelante y un facon atrás con el filo hacia arriba listo para salir "cortando", un dato a tener en cuenta que a veces el gaucho era pobre, muy pobre andando en patas , un chiripa y un poncho, muchas crónicas cuentan esto, en muchos fortines el gaucho no recibía la paga ni uniforme, , con los años andaban andrajosos, pero esa es otra historia que igualmente tenemos que tener en cuenta,es así se vestía promediando un criollo del siglo XIX.


Hay que hacer una mención a Fernando Assuncao, con su libro "Pichas Criollas" en el cual describe las prendas criollas, desde la confeccion, historia y usos, recomendado para todo tradicionalista, este post esta acompañado por imágenes de su libro ilustradas por Federico Reilly.  

El Sombrero (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)


mas adelante se introdujo la alpargata, la boina vasca, y muchas prendas mas, que hoy día aun se usan y mas que nunca, pero eso es para otro post y otro tiempo...

El Poncho (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)

Galería Fotográfica

Gaucho Museo del traje

colorado del monte y dama antigua
Museo del traje

uncu camisa precolombina /poncho (año 1100-1500)
Museo de arte precolombino (Chile)

Gaucho Riograndense (circa 1870)
Pilchas Criollas de Assuncao


Grupo Recreacionista "Esgrima Criolla"



Fuentes:
Museo del traje
www.historiadeltraje.com
Pilchas Criollas, Fernando Assuncao

miércoles, 6 de marzo de 2019

El Fiyingo, aquel cuchillito malevo…




El fiyingo es un cuchillo pequeño, de uso y portación diaria, algo asi como el verijero, diríamos, posee una  hoja delgada (en comparación con un cuchillo de mayor tamaño) y alargada...estilizada.
De donde viene su nombre? Se supone que fiyingo, viene de fillingo, deformación del portugués Fliho (hijo) y el diminutivo, "hijito" forma 'cariñosa' de referirse a un cuchillo chico, y ya sabemos que tan cariñosos somos los criollos con nuestros filos.
En concreto, estamos hablando de un cuchillo con una hoja de no más de 18 centímetros. Si bien puede ser una hoja chica que con mango y todo terminara portando unos 25 centímetros, puede ser grande?, pero puede ser que efectivamente sea un fiyingo, hay cuchillos más grandes ciertamente, los detalles en claro sería un cuchillo pequeño, que se porta de manera oculta, con fácil desenvaine, hoja estilizada, y con fines de pelea, de la defensa a la pelea…ese es el fiyngo.

La Portación.                                                 
Se portaba en la sisa del saco, chaleco, en una sobaquera con tientos o simplemente en un bolsillo, lo importante era que no se note y que al salir, salga cortando.


El "mito urbano", no tan mito.
Hasta 1957 existían en la porteña Buenos Aires, los llamados edictos policiales, entre ellos uno, específicamente reprimía la "portación de arma blanca" cuya hoja excediera los cuatro dedos. Ello porque se consideraba la medida necesaria para interesar un órgano vital. Esto se aplicaba a toda pieza de hoja, plegable o fija. Cuando los edictos fueron derogados por la llamada Revolución Libertadora, se los incluyo en un Código Contravencional, casi sin modificaciones, esta es una de las historias de las que se habla el porqué de un cuchillo pequeño y oculto, en esos malevos de principio de siglo.
Y de yapa un cuento de Borges donde adivinen que cuchillo anda por ahí…


El Hombre de la esquina rosada.
      Por Jorge Luis Borges (1899–1986).
A Enrique Amorim

A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.

El Hombre de la esquina rosada por Breccia

Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
El Hombre de la esquina rosada por Breccia
La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
—Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.

Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
—Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
—De asco no te carneo —dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
—Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
—¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
—Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
—Entrá, m’hija —y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
—¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
—La está mandando un ánima —dijo el Inglés.
—Un muerto, amigo —dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados —alto, sin ver— y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. “Tápenme la cara”, dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
—Para morir no se precisa más que estar vivo —dijo una del montón, y otra, pensativa también:
—Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
—Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
—Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
—¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.

En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.

“Hombre de la esquina rosada” pertenece al libro Historia universal de la infamia (1936)


Fuentes:
Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia (1936)
Alejandro Fuertes, Esgrima Maleva (2016)
www.faconchico.com
y obviamente una profunda investigacion personal.

lunes, 11 de febrero de 2019

El Tigre de Quequén, su historia.


Realidad y fantasía se mezclan en la vida del personaje de Eduardo Gutiérrez. Hubo quien creyó que fue tan sólo una invención del folletinero porteño, luego plasmada -y popularizada- en un libro cuya portada muestra el grabado de un gaucho huyendo de la partida, pero esta historia es real, sigue leyendo y no solo lo comprobaras, sabrás mas de este gaucho matrero, cuchillero, que en sus últimos días se enderezo…


Pero lo cierto es que existió! Eduardo Gutiérrez lo visito en la penitenciaria, donde escribió su historia, también lo demuestran los expendientes judiciales consultados de los partidos bonaerenses donde sus fechorías se hicieron patentes y, en el archivo histórico de la ciudad de La Plata, y como si fuera poco, con un arduo trabajo de investigación conseguí esta imagen que muestra a Felipe Pacheco, El Tigre de Quequén, junto a sus hijo poco tiempo antes de fallecer.
 
Eduardo Gutierrez, el mentor de la leyenda
El comienzo de la vida de matrero de Felipe Pascual Pacheco, alias "el Tigre del Quequén", tiene mucho en común a la de tantos gauchos de la época: una “injusticia” lo llevó a defender su hombría a punta de facón. Este fue el comienzo de una serie de desencuentros con la justicia las partidas, y así comenzó su leyenda.
Felipe Pacheco había nacido en 1828 en el barrio porteño de Palermo, pero cuando todavía era un niño fue abandonado por sus padres y es criado por una mujer llamada Gregoria Rosa.
Hacia 1860 Pacheco llegó a la Lobería Grande y contrajo matrimonio con Juana Moreno, madre de seis de sus hijos. Su vida transcurrió sin mayores sobresaltos hasta 1866, cuando comenzaron las desdichas, ya que en duelo hiere de gravedad a un matrero muy mentado, por lo cual, tuvo que adentrarse campo adentro. Así es como comienza y Felipe Pacheco cimenta su fama a punta de cuchillo y, según relatan crónicas de la época, "era temido por los gauchos e imbatible con el facón y el rebenque".y gana el mote de "el Tigre del Quequén", por su astucia, fiereza y sorprendente habilidad para evadir a la partida.
Fue así que en el año 1866 se le inicia a Pacheco una causa criminal por una muerte hecha en el partido de la Lobería. Dice el escrito "que el criminal ha desaparecido y abandonado sus bienes y familia" (tenía 6 hijos).
Pacheco se reúne nuevamente con su familia y se establece en la estancia de un fuerte hacendado, Don Angel Zubiarre (cerca de la actual ciudad de Necochea), Don Zubiarre era uno de los primeros pobladores de Necochea, y bajo su ala de protección estuvo El Tigre. Con el tiempo se hace de una tropilla, también es conchabado como resero y recorre con este oficio varios partidos del centro sur de la provincia de Buenos Aires, para El Tigre son tiempos de paz… pero a menudo en pulperías o campamentos de troperos, debe responder-a rebencazos, como era de rigor- a las bravuconadas de paisanos provocadores o de simples pleiteros en busca de gloria, ganarse la fama de ser el matador del Tigre de Quequén, es así que cada duelo o "hazaña” de acrecentaba su fama de matrero. Fue tildado de ladino, pendenciero y malentretenido. Perseguido durante años y por el odio que le inspiraron los hombres, estableció su real en una cueva de las barrancas del río Quequén. Por su fiereza y habilidad, para salir airoso de cuanta celada le era preparada, fue apodado "el Tigre del Quequén".
En la zona de Tres Arroyos, donde luego se desempeña como asistente de los jueces de Paz, Antonio Arancibia y Bernardo Arriaga, quien finalmente le advierte que desde el juzgado de Dolores solicitan su captura, tarea para la cual es encomendado el famoso policía "gorra colorada", que lo termina atrapando cuando "el Tigre" salía de su cueva.


La cosa fue asi, la leyenda del Tigre, el gaucho bravo y pendenciero, comenzaba a forjarse. Durante una década supo burlar con fiereza y habilidad los intentos de sucesivos sargentos para enviarlo tras las rejas. Los vecinos del Quequén Salado, atemorizados por su fama, lo denunciaron en 1875, y el comisario Luis Aldaz, más conocido como “El Gorra Colorada” otro rudo personaje de la campaña y diez soldados fueron enviados tras sus huellas.

Cerca del Paso del Médano -por Copetonas- vieron un perro solitario que mansamente los llevó a la guarida de su amo. Despojado del facón y del trabuco que tenía entre sus ropas y sin oponer resistencia, Pacheco fue arrestado y marchó preso atado sobre su propio caballo.

En palabras del  propio Aldaz…"uno de esos criminales que solamente con su presencia aterroriza... autor de 14 asesinatos alevosos y de tener familia con sus propias hijas", pero si bien se le asignaban 14 muertes, cuando el juez de Dolores le pide a su par de Tres Arroyos que informe si "el Tigre" tenía causas o sumarios abiertos, le aclara que es totalmente inocente, incluso, hasta del homicidio de un vasco de la zona del que estaba acusado". En realidad, sólo se le pudo imputar un asesinato y una fuga. Al mayúsculo cargo de incesto, el juez lo desechó de plano. También expresaba el Dr. Aguirre, que "de los demás crímenes atribuidos a Pacheco, no había ningún elemento para imputárselos". Sobreseía a éste y que "debía cumplir la sentencia en la Penitenciaría de Buenos Aires por el hecho de 1866". Lugar donde ingresó Felipe Pacheco en diciembre de 1876.

Ilustracion correspondiente a la primera edicion (1880)
Al parecer recuperó su libertad el año 1880, en premio a su buena conducta y en atención a un problema de salud. Lo cierto es que, tiempo más tarde y escapándole a su fama de "hombre malo", el "Tigre" llegó a La Pampa. Se establece en los campos de Quehué en 1887. Allí peonaba en distintos puestos, cuidando su pequeño capital en haciendas y caballos. Era muy requerido para amansar caballos, oficio que entre otras cosas, le había dado renombre en los pagos bonaerenses de sus años mozos.
Luego tomó una plaza como postillón en la mensajería de Valleé, que por aquellos años hacía su servicio entre Trenque Lauquen y General Acha. Posteriormente, abandona esta ocupación y levanta su rancho en un abra del monte circundante al paraje Toay. Allí existía un boliche llamado "el fortín Llorens", ubicado a pocos metros de la famosa fuente que diera nombre desde muy antiguo a toda la zona y, posteriormente al pueblo.
Aunque entre los moradores del punto era conocido como Pacheco "el malo", se le había dado este título más como respetuoso reconocimiento a sus pasadas andanzas que por pendencias en el lugar. Los testimonios son coincidentes en que nunca, desde que vivió en Toay, tuvo un altercado con nadie. Siempre se reveló como un hombre trabajador, pacífico y de hábitos familiares. Pues una joven mujer que lo acompañaba como esposa, Anacleta Viera, le había dado 6 hijos pampeanos, poderosas razones para no replicar violentamente a indirectas intencionadas que algunas veces le dirigían imprudentes o camorreros.

 

La especialidad de Felipe Pacheco eran los trenzados de sogas, riendas; lazos; bozales, muy condicionados entre el criollaje, en quienes hallaba pronta clientela. Si bien vivía humildemente, como buen gaucho presumido gustaba mostrar sus lujos. Era común que cayera a cuanta reunión campera hubiera, montando su "crédito", un soberbio zaino rabicano emprendando ricamente en plata, causando la admiración y codicia de todos. En tales ocasiones era, invariablemente, centro de la reunión. En fluida charla, gustaba relatar sus pasadas andanzas. Adoptando su más estudiada pose de compadre neto afirmaba no haber sido asesino, y al rosario interminable de muertes que se le imputaban lo reducía a unas pocas, y a éstas haberlas hecho en "güena lay".

Felipe Pacheco en Toay junto a sus Hijos

Cuando Juan Brown funda el pueblo, observando su comportamiento ejemplar y el predicamento adquirido entre el gauchaje de los puestos circundantes, lo hace su hombre de confianza y habitualmente lo ocupaba en diversas tareas camperas. Lo protegió durante años y le permitió vivir en su campo. Su aún fuerte contextura física, pese a ser un hombre de 77 años, se vio atacada por un incurable mal. Felipe Pascual Pacheco, muere el 30 de noviembre de 1898 en su rancho de Toay. Consta en el acto del libro de defunciones que el deceso se produce a causa de "reblandecimiento cerebral”, según el certificado médico del Dr. José Oliver. Horas más tarde de ese mismo día, y también según el archivo del Registro Civil, nacía Agustina, la séptima hija de aquel hombre de 77 años.

La “Cueva del Tigre”
Es una caverna a orillas del río Quequén Salado, donde supo refugiarse Felipe Pascual Pacheco, nuestro legendario gaucho matrero, de vida errante y facón a la cintura. Hoy es una atracción turística conocida, el sitio está ubicado a unos 15 kilómetros de Copetonas. Tomando la ruta hacia Brío. Reta a la altura del cementerio de Copetonas sale un camino entoscado que desemboca en ese sitio donde la naturaleza fue pródiga, bañada por las aguas del río Quequén Salado --límite natural entre los partidos de Tres Arroyos y Coronel Dorrego-- rodeada de altos barrancos, con una impactante cascada (llamada "salto del tigre"), se refugiaba el temible Pacheco, que para algunos historiadores era un bandido rural, y para otros una especie de "Robín Hood" pampeano.




Quien era Luis Aldaz, el cazador del Tigre.
Luis Aldaz nace en Pamplona, Navarra en 1943, era hijo de Martín Aldaz y de Graciosa Arbizú, ambos de nobles familias españolas. Llegó a Buenos Aires en 1871, bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Le tocó vivir en una Argentina en pleno proceso de reorganización nacional y modernización, y al mismo tiempo bajo los últimos atisbos del caudillismo tan arraigado en el interior del país. Ingresó como soldado voluntario del Batallón Guardia Provincial, bajo las órdenes del comandante José Ignacio Garmendia. Combatió contra las fuerzas del caudillo entrerriano López Jordán, ascendiendo hasta teniente primero en 1878. Fue oficial de la policía rural de la provincia de Buenos Aires desde 1879. Apoyó la política centralista y porteña de Carlos Tejedor en la revolución de ese año, participando en los combates de los Corrales y Puente Alsina contra Bartolomé Mitre, en 1880. Tras la federalización de Buenos Aires, pasó a la policía de provincia como oficial de frontera.
Llegó a prestar servicios y ser nombrado comisario en Guaminí (provincia de Buenos Aires) entre 1906 y 1917. Ese mismo año fue nombrado inspector general y tres años más tarde se le designó alcalde del departamento de policía de la ciudad de La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires).
Durante treinta y cinco años prestó servicios contra el gauchaje alzado, persiguiendo matreros, criminales y ladrones de ganado. Había recibido varias cicatrices de lanzazos, cuchilladas y balazos al someter a temidos delincuentes, como el célebre Felipe Pacheco, alias El Tigre de Quequén. Se le conocía con el apodo de Gorra colorada por el quepis rojo que llevaba. Era de complexión robusta, alto y fornido, con una increíble fuerza física y un riguroso sentido de la justicia.
Ilustracion orrespondiente a la primera edicion (1880)
La Jefatura de Policía de la provincia de Buenos Aires le decretó honores especiales a su muerte por considerarlo el decano de los funcionarios policiales, por su conducta intachable y los innumerables servicios prestados.
Dejando de existir en La Plata, un 12 de septiembre de 1920.

Y una última historia que se supo de el
En sus últimos años de vida, viejo y en paz, hallándose en unas carreras en el Camino de la Arena, un mocetón le cruzó las espaldas con su rebenque y él, haciendo ademán de atropellarlo, se contuvo y exclamó;
— Guacho, canalla!... Hubieras estao veinte años en una cárcel y veríamos si rebenqueabas; a un hombre!
…el Tigre ya estaba cansado.


Fuente:
Caras y Caretas, 7 de enero de 1899, n°14
Diario "La Arena" - suplemento centenario de Toay- Autor Walter Cazenave - 9 de julio – 1994
V. Osvaldo Cutolo, Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, t. IV, Buenos Aires, Elche, 1975, pág. 81.
Eduardo Gutierrez, El Tigre de Quequén,
http://www.lagazeta.com.ar

lunes, 24 de septiembre de 2018

Icepick, mito o realidad...

Esta forma de tomar el cuchillo, llamada Icepick , de picahielos o agarre inverso, pensada por muchos como un agarre militar, donde se toma el cuchillo con la hoja hacia el lado del menique y el pomo del cabo encerrado entre el pulgar y el índice. es de lo mas pintoresco, se ve muy lindo, y agresivo, movimientos limitados, solo corta distancia de efectividad, pero...sirve? acá un breve análisis de este grip, y a posterior usted mismo decida.

Este agarre se hizo popular como una toma táctica, y eso tiene un porque, lo vimos en infinidad de películas diría que la más llamativa es el la pelea del film Under Siege (en Argentina llamada Alerta máxima), con Steven Seagal y Tommy Lee Jones, sien do Jefe Ryback, el cocinero Seal que se enfrenta al terrorista Stranix en un duelo de cuchillo que quedo en la memoria de muchos.


Ahora bien, de donde sale este agarre, uno de los primeros manuales militares de cuchillo que surgen, muestra el grip Icepick como el agarre esencial para la eliminación de centinelas, o sea , eliminar individuos, mediante la sorpresa de manera silenciosa, siendo este grip específico para combate a corta distancia, hay sistemas que utizan este agarre, como “Libre Fighting”, un excelente sistema de defensa personal, otros como NAWA (Native American warrior Arts) lo utilizan en la mano de apoyo al usar arma doble tomahawk y cuchillo, y finalmente muchos no lo usan, en el cual se cuida la distancia, y donde se ve cual es la órbita que tendrá el ataque del cuchillo, volviendo a los años de WWII y los primeros manuales de Knifefighting, comienzan a aparecer otros modelos de cuchillos de pelea, comienza a cambiar esta modalidad de ataque, es lo que se ve con el “Smatchet” el cuchillo de knifefighting diseñado por Fairbarn, en Argentina tenemos uno similar de la marca Yarará, llamado “Gloton” que realiza para RDA, un efectivo sistema de combate, liderado por el Mayor Damián Rosatti.


Para terminar, el icepick no deja de ser propio de regiones, lo vemos por ejemplo en su estado más crudo de forma de duelo de pelea, donde? En los penales, en Venezuela, Colombia es predominante, no asi en Argentina, Uruguay, por ejemplo ; en lo personal, me es más cómodo y practico el agarre común, no asi el grip de icepick, pero más allá de los fundamento hay un gran marketing en el tema.



martes, 28 de agosto de 2018

El Cuchillo Mason de Don Juan Manuel de Rosas


Este cuchillo, sin dudas perteneció a Don Juan Manuel, y en mi opinión personal, fue un regalo, vaya uno a saber de quien, Rosas nunca demostró, asi como tampoco dejo ver, algún lado mason, o que pertenciese a alguna logia,el era un criollo, hombre simple, y bastante terrenal! lo abra usado? no lo creo, pero se ve que era muy lindo, y cuanta simbologia tiene este filo!!!


Hoja de acero español. Grabada de un lado con símbolos masónicos y del otro con escudo de la Confederación con inscripción "En Unión y Livertad", reserva con inscripción "para D.J.M.R." sobre fondo de oro; presenta además la inscripciòn "SOY CASTIGO DEL MALBADO" de un lado y "SOY DEFENSA DEL YNOCENTE" del otro. Cabo de forma ahusada de oro liso en sus extremos y alambre torsado en la parte central. Vaina con puntera, brocal y costillas de oro con decoración grabada a flor de agua de rameados, motivos vegetales estilizados e iniciales "E.S.D.J.M.R", forrado en pana marrón. Por tradición familiar perteneció a Don Juan Manuel de Rosas. Este cuchillo fue usado por el General Don Juan Manuel de Rosas en sus Campañas y hasta la batalla de Caseros. Al emigrar a Inglaterra, acompañado por el General Don Pascual Echague y el Coronel Don Manuel Fabre, Rosas en recuerdo le obsequió el presente cuchillo al General Echague al volver este a Buenos Aires. Al fallecer dicho General paso a manos de Don Leónidas Echague Gobernador de Entre Ríos. Este en el año 1880 se lo regalo a Don José V. Victorica que fuera de la amistad de Manuelita Rosas; su padre fue Jefe de Policía de Lavalle y Rosas. Este último se lo regalo a Don Enrique J. Piccardo Victorica (hijo) al cumplir éste 22 años.



Largo: 38 cm.
Argentina, circa 1830.
Propietario Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas.
Propietario General Don Pascual Echague.
Propietario Gobernador Don Leónidas Echague.
Propietario Don José Victorino Victorica.
Propietario Don Enrique J. Piccardo Victorica.




Repoducido en la revista El Hogar del 10 de enero de 1930, "La Guitarra y el cuchillo de Rosas" por Edmundo Montagne, en la que se lo describe profusamente y Don José Victorino Victorica relata su historia.
Entrevista a Don José V. Victorica, realizada por Adriana Piquet en la revista Atlántida del 8 de noviembre de 1934, en la que se refiere a Manuelita Rosas y su época, que el vivió, y a reliquias de la familia Rosas, en su poder, mencionado y mostrando a la columnista el presente cuchillo.
Carta de Don José V. Victorica a Don Enrique J. Piccardo Victorica, su nieto y ahijado, al regalarle el cuchillo que perteneció a Rosas, al cumplir su mayoría de edad.

 
Artículo de Luis F. Núñez en "La Nación" del 25 de octubre de 1992 

Y mas detalles de esta lujosa pieza, una historia cuenta que fue un regalo, por cartas de Manuelita y Antonino Reyes, que se habla de un lujosos cuchillo, en mi parecer no es este, ya que hay muchos datos que no condicen con el mismo.