miércoles, 4 de septiembre de 2019

Las Boleadoras, historia documentada

La boleadora es el Arma autóctona sudamericana, primero indígena, después criolla y finalmente gaucha…y en sus comienzos queda registrada la sorpresa del español, al iniciar la conquista, como se asombró por la destreza y mortífero uso de la boleadora.

El explorador Gonzalo Fernandez de Oviedo, en su Historia General y Natural de las Indias, 1, libro VI, capítulo XLV, señala al respecto: "Mas tengo por cierto que de aquella arma.... que los indios usan en las comarcas y costas del Río Paranaguaçu, (alias Río de la Plata), nunca los chripstianos la supieron ni leyeron, ni los moros la alcanzaron, ni antiguos ovieron della noticia, ni se ha oydo ni visto otra en todas las armas ofensivas tan dificultosa de ejercitar; porque aún donde los hombres la usan, los menos son hábiles para la exercer".
Aunque las investigaciones arqueológicas permiten afirmar existieron similares armas en Alaska de las manos de los inuit, en África y Asia, es evidente que lo acaecido con anterioridad a las que llamamos culturas clásicas o por mejor decir, corresponde a etapas prehistóricas, habiéndose a posterior perdido tal antecedente cultural, y sobre todo no existió desarrollo como arma comparable al acaecido en las tierras rioplatenses..
El área de la boleadora puede delimitarse así: Imperio Incásico y sus zonas de influencia, desde Ecuador, Perú Y Bolivia; todo el actual territorio argentino; todo el territorio uruguayo, y la parte sur del estado brasileño de Río Grande del Sur.


Esquimales Inuit (Norte de Quebec, Canadá)

Maza peruana / Honda Azteca (Tematlat) / Tiwanaku (Pre-incaica, Bolivia)
En Chile aunque se han hallado bolas de piedra en yacimientos arqueológicos del Norte, y aunque es sabido el uso que de esta arma hicieron los araucanos en la región pampeana, es evidente que no se usaba al momento de la conquista.
Pintura de Jean Baptiste Debret, año 1790
Hay pues, una zona fundamental, históricamente, dentro del área de la boleadora: es la constituida por las regiones sureñas y pampeanas mesopotámicas y litoráneas y las llanuras verdes y las cuchillas uruguayo-riograndenses.
Allí la boleadora; convertida en primera arma de guerra por los grupos indígenas que se hacen caballeros: charrúa-minuanes, pampas (con todos sus componentes), guaraníes, chanás, y tapes; será bien pronto recibida por el nuevo elemento rural, mestizo o criollo, como herencia cultural de primer orden, sólo comparable en importancia etnográfica y económica al mate.

Tipos de boleadoras
Dos tipos bien diferenciados de bolas usaban los indígenas al momento de la conquista: la llamada bola perdida y la boleadora de dos o tres bolas. La primera es la boleadora de una sola piedra la cual podía ser redonda, ovoidal o, con mucha frecuencia en especial entre los charrúas de nuestro territorio, una piedra erizada con múltiples mamelones puntiagudos de las llamadas rompecabezas. La bola perdida poseía la soga relativamente corta y se utilizaba tanto para arrojarla a modo de honda (efecto simplemente de golpear a distancia), o para mantenerla asida a la muñeca usándola a modo de macana para herir. Sin dudas este fue el primer elemento volador que manejo el indio.

Modelos de Boleadoras, con picos pára ser usada como maza
En el Diario de Aguirre, nos tira un pial necesario, y nos da no sólo la correcta descripción de forma y uso de la bola perdida, sino también, lo que es muy importante, las diferenciáis esenciales existentes entre dicha arma india y la boleadora de dos o tres bolas.Dice: "La bola llamada perdida, es de piedra o de metal trabajada por ellos, del tamaño de una de trucos. Le atan un pedazo de lazo largo como vara o poco más y en el otro extremo que es por donde la toman para manejarla, le ponen plumas de avestruz".
Y en esta descripción Oviedo explica como la arrojaban en (op. cit.) libro XXIII, Cap. V., pág. 183, describe así su uso y características: "Toman una pelota redonda de un guijarro pelado, tamaña o mayor que un puño de la mano cerrada, y aquella piedra atada a una cuerda de cabuya, gruesa como medio dedo, y tan luenga como cien passos, poco más o menos, y el otro cabo de la cuerda átanlo a la muñieca del brazo derecho, y en él revuelto la restante de la cuerda, excepto quatro ó cinco palmos della, que con la piedra rodean é traen alrededor, como suelen hacer los que tiran con hondas; pero como el de la honda rodea el braço una ó dos veces antes que se suelte la piedra, estos otros la mueven alrededor en el aire con aquel cabo de la cuerda diez ó doce o más vueltas, para que con más fuerza salga la pelota é mas furiosa vareszan, y en el instante soltándola, extiende el braqo el indio que la tira, porque la cuerda salga y proceda libremente, descosiéndose sin detennencia ni estorbo para la piedra".
Ñanduceras (Junín Buenos Aires) / Ottsen año 1603, Rio de la Plata
Otra era la bola guacha, propia de la zona litoraleña y paranaense, esta poseía una bola pequeña que se enganchaba en el pie o en la mano inhábil, y unida a otra bola de mayor tamaño que hacía de bola golpeadora, por un tiento que iba de 1 metro a 4 metros, se utilizaba para los combates de a pie, con fines específicamente de arma de pelea, se le solía decir también en otras zonas como la anterior bola perdida. Esta arma la utilizaban con destreza reboleando y en el momento oportuno impactando en el oponente sin dejar de tener contacto con el tiento.

En una carta al Rey, del Gobernador Diego Rodríguez Valdez y de la Banda, fechada en Buenos Aires en 1599, que dice refiriéndose a los indios: "no es gente de quien se puede fiar, pelean con arcos y con dos bolas de piedras asidas en una cuerda como de dos bralas y teniendo la una bola en la mano y trayendo la otra alrededor las tiran con tanta destreqa que a cien pasos enredan un caballo y un hombre, un benado y un abestruz y en el aire algunos abes de cuerpo como son patos y otras semejantes". Este testimonio sin dudas describe una bola guacha, la medida del tiento destallada es de más de 3,60 mts (2 brazas).
Un dato más actual de la bola guacha, brindado por Martiniano Leguizamón en “Etnografía del Plata. El origen de las boleadoras y el lazo”. (Fac. de Filosofía y Letras de Buenos Aires, apartado del Tomo XLI de la Revista de la Universidad, Buenos Aires 1919) es categórico al afirmar: "Tengo para mí que la boleadora indígena se componía sólo de dos piedras, una mayor que era la que giraba en torno a la cabeza y la menor o manija que se retenía en la mano hasta arrojarla; esto explica la diferencia de tamaño y forma, en que la mayor ovoidal o esférica, guarda siempre proporción con la menor que servía de manija, de forma piriforme o convexa para adaptarla a la mano. Este tipo de boleadora charrúa se reproduce en la Pampa, donde hasta hace poco se denominaba bola pampa a la boleadora que dos piedras, de las cuales poseo dos ejemplares de piedra rosada y blanca de las sierras Bayas, sin retobo y con surco; una con una planchuela de plata para substituir al tiento que se ajustaba a la bola, y la otra con una tira overa de cuero de lagarto".
Muchos testimonios tenemos del uso de la bola de dos piedras por parte de los indígenas platenses. Ulrico Schmidl, el singular soldado-historiador de la expedición de Mendoza, es el primero que, aunque con cierta oscuridad, nos da una versión del uso de dicha arma; en el capítulo VII de su obra indica: "Dichos querandís... también usan una bola de piedra, sujeta a un largo cordel, como las plomadas que usamos en Alemania. Arrojan esta bola alrededor de las patas de un caballo o de un venado, de tal modo que éste debe caer; con esta bola he visto dar muerte a nuestro referido capitán e a los hidalgos lo he visto con mis propios ojos".
Aucas y sus toldos en Bahía Blanca y vista de la Sierra de la Ventana.
Litografía de E. Lassalle, París, 1846 (extraído de D’Orbigny [1828-1829
Centenera, en La Argentina, indica claramente el efecto o fin traumatizante de la bola perdida lanzada, bien diferente de las de dos o tres piedras de fin envolvente o de traba, cuando dice:
"y tienen en la mano tal destreza que aciertan con la bola en la cabeza". (Canto X, La Argentina).
Señalemos finalmente que "La volan sobre la cabeza como la honda y la despiden con acierto a bastante distancia. Lo que llaman aquí comúnmente bolas son dos de piedra o madera, puestas en un lazo largo como los otros y estos solo sirven para enredar los animales".
La más moderna es al boleadoras llamada “las Tres Marías”, esta boleadora usada generalmente por nuestros criollos presente en las guerras gauchas por obviamente, nuestros gauchos., Es la de tres ramales y tres bolas, llamada también "bola de potro" o "potreadora" la que posee grandes bolas, "avestrucera" o "ñanducera" la de bolas pequeñas, también las había de dos ramales, y esta era para caza del ñandú. Muchas veces se comenta que fue una derivación criolla su creación, más la documentación nos dice que no fue así, lo que sí es sin dudas la adoptada por nuestros gauchos.
Consistía básicamente en tres pesas de forma esférica o piriforme, de piedra (piedras indias o cantos rodados), madera dura, metal (hierro, bronce o plomo) muchas veces antiguas balas; cuerno (guampa) en este caso moldeadas y rellenas de plomo, y marfil (de lujo, sin uso práctico de trabajo), y echas con la cabeza del fémur del ganado, muchas veces se las confundía con las de marfil, ya que pulidas quedaban muy semejantes.
Estas tres unidades se equilibraban recíprocamente en volumen y peso del modo siguiente: una más pequeña y mucho más liviana, que es la que permanece en la mano hasta el momento mismo del lanzamiento, es con más frecuencia de forma de pera, ovalada o lenticular para permitir mejor su sujeción. Las otras dos son de peso similar, nunca idéntico, para que al girar se separen bien.


Las de piedra, salvo raras veces (en el caso de usarse piedras indias) se ahorraban (retobaban) de cuero: cuero crudo del garrón, bolsa de testículos de toro, y muchas veces lagarto. En el otro caso los tientos pasaban por los surcos de las piedras al modo indígena. A veces el forro era una verdadera cesta de tientos primorosamente tejidos.
Los ramales, sogas o torzales, tampoco eran idénticos, siendo más corto el de la "manija", y por lo general corredizo. Eran de uno, dos o tres tientos, torcidos o trenzados y el material era sacado de cuero de potro, cogote de toro o guanaco, y aún de león bayo o de tigre.
Fray Reginaldo de Lizárraga, en una descripción colonia de fecha aproximada a 1595, nos cuenta con respecto a los indios que moraban en el camino de Córdoba a Santa Fé: "usan de unos cordeles... de tres ramales, en el fin del ramal, una bola de piedra horadada que va corriendo y le atan de pies y manos com la vuelta que dan las bolas, y dan com el caballo y el caballero em tierra, sin poderse menear."
Ya en el siglo siguiente, encontramos una noticia de interés a este respecto en las cartas del Gobernador Góngora, escritas durante la visita efectuada a las reducciones de la jurisdicción de Buenos Aires el 2 de marzo de 1620. Dice con respecto a los indios de la reducción del cacique Juan Bagual: "Andan sobre unos pellejos con estrivos de palo y algunos con frenos... usan de algunas volas a manera de ondas y de unos arcos con flechas".
Es evidente que esta noticia se refiere a los indios que conservan sus usos y costumbres originales, aunque ya comienza a notarse un cierto agauchamiento, digamos, en lo que se refiere al modo de montan. Y de ahí veremos la modificación que sufre el chiripa, pero esa ya es otra historia.
Más tarde, ya en pleno siglo XVIII, en la relación de los peligros y desventuras que sobrellevó Isaac Morris y sus compañeros, un grupo de náufragos ingleses en la costa sur de la Argentina, encontramos una interesante descripción de las costumbres de los indios de esas regiones, que evidentemente conservaban aún en esa época sus usos tradicionales. Por tratarse de una exposición detallada y completa, no me he resistido a la tentación de transcribirla íntegramente en lo que se refiere al uso de las boleadoras y el lazo. Dice así: "Tienen dos maneras diferentes de capturarlos (se refiere a los caballos cimarrones) cada una de las cuales he visto practicar con increíble destreza. La primera es con una lonja de cuero de caballo de una o dos pulgadas de ancho y cincuenta pies de largo con un nudo corredizo en u extremo. Este nudo lo sostienen con su mano derecha y el otro extremo con la izquierda, hasta que se aproximan a unas pocas yardas de la bestia y entonces arrojan el nudo corredizo por sobre su cabeza, aún a toda velocidad y aguantan fuertemente la otra punta con la izquierda. La bestia es pronto detenida y tomada. El otro método es con una angosta correa de cuero de caballo, de unos doce pies de largo en cada uno de cuyos extremos está atada una bola redonda de hierro de unas dos libras de peso. Cuando están a una cierta distancia de la presa, revolean una bola varias veces por sobre su cabeza hasta que toma suficiente vuelo, y luego la arrojan a las patas del caballo soltando la bola de la mano izquierda al mismo tiempo, lo cual rara vez falla en trabar sus patas y voltearlos al suelo". "Los indios eran también muy diestros para matar pájaros con esas bolas, que arrojaban al aire a gran altura".

Caza de avestruz, Beerbohm, 1881

Esta última parte de la noticia, demuestra la igualdad de usos con respecto a tribus tan alejadas como las isleñas del río Paraná y que sin embargo, según hemos visto anteriormente, no sólo daban el mismo uso a las bolas en lo que respecta al ganado mayor sino para la caza de aves al vuelo. Sobre la boleadora de tres piedras, la que usó normalmente el gaucho para la captura del ganado de talla y más tarde en la guerra, es algo difícil de establecer claramente su origen, aunque parecería en mayor número de opiniones, que se trata de un invento de tipo rural, basado en la boleadora de dos ramales de los indígenas, y no de una herencia cultural de éstos.

La boleadora y su uso
El manejo de la boleadora no es sencillo ni fácil. Desde siempre se le consideró como muy sutil y propio de quienes estaban muy adiestrados o aptos para ello. Ya lo señaló el citado Oviedo: "Decían estos españoles que aquí aportaron, que en tanto número de christianos como fueron á aquella tierra, habiendo muchos de ellos sueltos y mañosos, ninguno, supo tirar aquellas piedras, según los indios, aunque infinitas veces muchos españoles la probaron. A mi parecer cosa es extremada tal arma en el mundo para los hombres"...
Como trescientos años después, un hombre joven, de más que despejada inteligencia y dotes mentales, como la era Charles Darwin, experimentó en carne propia la más ridícula impotencia para hacer un tiro de bolas, con el desastroso resultado de fajar su propio caballo! El mismo, lo relata así: "Allí los gauchos se perecían de risa y gritaban que hasta entonces habían visto agarrar con las boleadoras toda clase de animales, pero nunca un hombre bolearse a sí mismo".
Las boleadoras las llevaba el gaucho antiguamente siempre a la cintura, en número de uno o más juegos, a veces uno de ellos en bandolera, cuando salía de caza o a merodear. Siempre la manija sobre el flanco derecho y listas para quitarlas de un tirón y tenerlas prontas.
Emeric E. Vidal (op. cit.), describe minuciosamente el origen y uso de las boleadoras (pág. 25); "Los primeros colonos españoles, encontraron muy en uso entre los indios de las cercanías del Plata, esa extraña arma llamada las boleadoras que emplea han para cazar avestruces. Los espaiíoles la adoptaron de buen grado, tanto para la caza de dichas aves, como para la de caballos, y ningún hombre de campo da un paso ahora sin llevarlas colgadas a un costado. Consiste esta arma de dos piedras redondas, cada una de las cuales pesa una media libra, cosidas dentro de una cubierta de cuero y unidas por un tira de cuero de cuatro a cinco yardas de largo, bien engrasada para que sea flexible. Las piedras son traídas desde grandes distancias en el interior por los indios, que también fabrican estas armas y las traen a vender a Buenos Aires".

Ilustracion de Essex Vidal
"Al usarlas, una de las piedras se toma en la mano con el tiento enrollado en espirales, los cuales se van soltando gradualmente mientras la otra piedra se hace girar en torno de la cabeza. Cuando se está bastante cerca del blanco, es decir a unas veinte o treinta yardas, se suelta la bola de la mano y va a reunirse con la otra, la cual ha adquirido una increíble velocidad al girar sobre la cabeza, hasta que ambas alcanzan el objeto que se persigue, en cuyo momento la correa toca las piernas y las dos piedras se enroscan a ella en direcciones opuestas, enredando al animal. Cuando se las emplea contra los caballos se usan tres bolas, dos que giran simultáneamente en torno de la cabeza, produciendo una mayor velocidad y probabilidades de enredar a la víctima.
"El caballo más cerril de las llanuras es capturado con las boleadoras que, ya lo arrojan a tierra o bien se enroscan en una pata, impiden su marcha, y lo lastiman a cada salto, hasta que es alcanzado y le arrojan un lazo a la cabeza".
Aicides D'Orbigny (op. cit.), nos da sobre este, como sobre otros tantos apuntes de costumbres de nuestro campo, una descripción minuciosa y exacta. Refiriéndose a tropas del país, dice (pág. 71):.


"Como armas tienen un sable, una carabina y a veces pistolas; pero todos están munidos del terrible lazo (1)... así como de las no menos peligrosas bolas (2)". Y en la nota correspondiente a la llamada (2) dice: "Dos o tres bolas unidas a un eje común mediante otras tantas correas de más de un metro de largo, que se usan para detener a los caballos en plena carrera, derribándolos".
Más adelante amplía sus observaciones (pág. 129): "La forma de bolear parece a los europeos extraordinaria: ya la he descrito, pero hay detalles sobre los que debe volver el lector muchas veces para familiarizarse con la operación. El cazador se arma con dos o tres bolas de plomo o piedra, atadas al extremo de otras tantas correas que se unen a un centro común, formando brazos de igual longitud. Cuando percibe la pieza, lanza su cabalgadura al galope, sosteniendo una de las bolas en la mano derecha, mientras hace remolinear las otras por encima de su cabeza. Cuando se considera a tiro las dispara al animal, al que generalmente dan alcance, silbando por el aire; y por poco que le peguen en las patas, el animal está perdido, porque se le enredan, lo hacen caer y el cazador lo captura vivo".
Finalmente, nos da D'Orbigny el uso de pequeñas boleadoras para la caza de aves al vuelo, tal como las usaban los indios antes de la conquista, pero en manos de paisanos en Corrientes (pág. 137): "Otra arma, no menos ingeniosa, les sirve para cazar pájaros grandes. Consiste en tres bolitas de plomo, atadas al extremo de otras tantas correas unidas. En cuanto el cazador divisa una bandada de cigüeñas, patos o aún pájaros aislados, corre hacia ellos, haciendo girar las bolas sobre su cabeza y lanzándolas sobre la pieza cuyas alas enlazan por efecto del impulso recibido, en forma que el pobre animal, detenido en su vuelo, cae a tierra donde lo atrapa el cazador".
Su colega, el inglés Charles Darwin, de quien ya contamos una anécdota risueña, (op. cit.) las describe así: "Hay dos especies de boleadoras; las más sencillas empleadas para cazar avestruces, consisten en dos piedras redondas recubiertas de cuero y reunidas por una cuerda delgada y trenzada de unos 8 pies de longitud. Las otras difieren solamente de las primeras en que están compuestas de tres bolas reunidas por cuerdas a un centro común. El gaucho tiene en la mano la más pequefía de las tres bolas y hace dar vueltas a las otras dos en torno a su cabeza; y luego de haber apuntado, las lanza, yendo las bolas, a través del espacio, dando vueltas sobre sí mismas como las antiguas balas de cañón unidas por una cadena. Así que las bolas tropiezan con un objeto, cualquiera que sea, se enrollan alrededor de él entrecruzándose y anudándose fuertemente. El tamaño y el peso de las bolas varía según el fin a que están destinadas; hechas de piedra y apenas del tamaño de una manzana, chocan con tanta fuerza, que algunas veces rompen la pata del caballo en torno a la cual se enrollan; se hacen también de madera, para apoderarse de los animales sin herirlos. Algunas veces las bolas son de hierro, y son éstas las que alcanzan la mayor distancia. La principal dificultad para servirse del lazo o de las boleadoras consiste en montar tan bien a caballo, que se pueda mientras se corre a galope, o cambiando de pronto de dirección, hacerlos girar lo bastante igualmente alrededor de la cabeza para poder apuntar; a pie se aprendería muy pronto a manejarlos". No olvida aquel episodio relatado antes.
Roberto Cunninghame Graham (op. cit.) dice: (La Pampa - II - Tkaducc. de S. Pérez'ftiana, pág. 17): "Las boleadoras, que los gauchos llamaban las tres Marías eran el arma característica de aquellas llanuras; con ellas los indios mataron a muchos soldados de Don Pedro de Mendoza, durante la primera expedición cristianizante del Río de la Plata; con ellas también las bravas tropas gauchas que se levantaron al mando de Ello y Liniers, les trituraron el cráneo a muchos ingleses luteranos - as! llamados por el bueno de Deán Funes en su historia - que á las órdenes de Whitelock, habían atacado la ciudad".

El Conde de Saint-Foix (La Republique Orientale de ]'Uruguay, Histoire, Geógraphie, Moeurs et Costumes, etc. París, Libraire Leopold Cerf. 1892, pág. 310), nos ilustra así: "En el primer descanso, apercibimos colgadas de una de las paredes exteriores de la casa de postas, las bolas, de las que se sirven para agarrar animales, caballos, bueyes o avestruces. Este proyectil consiste en tres bolas de piedras o de plomo recubiertas de cuero y unidas entre ellas por cuerdas también de cuero trenzado, de alrededor de tres metros de largo; dos de estas bolas son del tamaño de una de billar, la tercera, más pequeña, es sostenida por el gaucho en su mano, haciendo girar las otras dos por encima de su cabeza, después suelta el conjunto, y las cuerdas, encontrando la meta, se enredan alrededor del objeto que él quería alcanzar".


Era un arma? 
Ya este testimonio, una comunicación de Antonio Pérez Dávila, dada en el Campamento de Acevedo en San Antorúo de Areco en 1771, donde dice: "Remito presos a Pedro Sambrano, Juan Alarcón y Simón Falcón, el primero conocido gauderio y ladrón de toda especie de ganado y acusado deste delito ante los Alcaldes deste Partido, y los otros por aberlos cojido en su compañía con bolas, lazo, maneas y cuchillos, armas propias de gauderios y ladrones...". la designa como tal, y con justa razón.
Don Diego de Alvear tuvo exacta noción de su valor e importancia como arma de guerra, junto con el lazo, y lo señala terminante: "Una milicia constituida sobre el pie de montura, lazo y bolas de los Gauchos ó Gauderios (así llaman a los hombres de campo) por la ligereza de estas armas, nada expuestas al orín, que excusan el peso y gastos de las municiones, su segura prontitud a obrar en todos tiempos, secos ú de lluvia; y finalmente por su mayor alcance, nos hace presumir, podría sacar alguna ventaja sobre el Sable de la Caballería de Europa, en algunas circunstancias de la guerra, no tiene duda, que sería utilísima; y a lo menos la novedad no dexaría de sorprehender, y causar su efecto en las primeras funciones. La fogosidad de los Caballos Europeos no sabría conservar su formación á los pocos tiros de bolas; y el sable, ni la bayoneta, impedir los estragos del lazo". Recordemos Don Diego de Alvear, es el padre de Carlos de Alvear, y detallado como “el probable padre de Don José de San Martin”, don Diego combatió en territorio del Rio de la Plata contra el reino de Portugal
Este consejo no lo supieron aprovechar sus compatriotas, y algunos años después, iniciado el ciclo emancipador, volvieron a saber - decimos volvieron a saber, porque ya las boleadoras habían conseguido en las llanuras platenses, en manos de aquellos rudos y primitivos indígenas desnudos, lo que no habían conseguido las fuerzas de los más grandes Imperios, de los hijos del Sol de las altas cumbres, en meso y Sudamérica: detener a las montadas y aceradas huestes victoriosas de la soberbia Castilla, desmontar y rendir aquellos centauros monstruosos de hierro y fuego - volvieron a saber, repetimos, de la ignominia de morder el polvo de la llanura o quebrarse el pescuezo en las duras cuchillas, fajado el airoso corcel por aquella fatídica y tremenda serpiente voladora, tricéfala y contundente.

"Un Tiro Certero de Boleadoras" Acuarela de Fortuny , que retrata el momento en que fue apresado el general Paz.
Y más conocido cuando en El 10 de mayo de 1831, mientras elegía el terreno en el que pensaba combatir a López cae prisionero el unitario General Paz en concepción del Tio, boleado por el soldado Ceballos, Como es sabido, las victorias de Paz en el interior, en 1830, habían puesto en jaque a los caudillos y habían alarmado seriamente a don Juan Manuel de Rosas. Pero, escribe Terán, "todas las esperanzas que fundaron las victorias y tantos hábiles trabajos fueron cegadas, como en las leyendas, por un azar, el más imprevisto, en la tarde del 10 de mayo de 1831 en que el soldado Ceballos, de una partida de Estanislao López que merodeaba cerca de la estancia de don Dámaso Alonso, en Santa Rosa, descalabró con sus boleadoras el caballo que montaba Paz y lo hizo prisionero".

Reflexión y análisis

Revista Internacional BUDO,
 la boleadora en todo el mundo!!!
En síntesis podemos diferencias la bola perdida como la primera, es una bola con un tiento se reboleaba o se usaba de maza, luego evoluciona en la bola guacha con un tiento largo de aproximadamente 3 mts. Se usaba para el cuerpo a cuerpo una bola grande de impacto y una pequeña en el otro extremo, y se reboleaba, típica de la zona litoraleña. Más adelante se empieza a desarrollar la ñanducera, que es la boleadora de dos bolas, y finalmente terminamos con las Tres Marías, ya estas están definidamente desarrolladas, manija con formas para asirla, dos bolas con pesos específicos para la caza o la guerra; es esta invención del criollo? Yo no lo creo, el pampa la uso, lo que si le doy la derecha al criollo, es la habilidad de arroje que adquirió, hizo propia esta arma, hasta podemos recordar el desarrollarlo de arroje de boleadoras como lo hacían los infernales de Güemes de la unión de los tientos, usado en las guerras de la independencia., sencillamente boleadora, arma Argentina!


Bibliografía
Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del mar océano, España 1535
Martiniano Leguizamón, Etnografía del Plata. El origen de las boleadoras y el lazo”. Fac. de Filosofía y Letras de Buenos Aires, apartado del Tomo XLI de la Revista de la Universidad, Buenos Aires 1919
Ulrich Schmidel, Viaje al Río de la Plata, España 1554
Martín del Barco Centenera, La Argentina y conquista del Río de la Plata, Santa Maria del Buen Ayre 1602
Isaac Morris, Conquista de la Patagonia, 1771
Emeric Essex Vidal, Picturesque Illustrations of Buenos Ayres and Montevideo, Gran Bretaña 1820
Aicides D'Orbigny, Voyage dans l'Amerique Méridionale, Francia 1834
Roberto Cunninghame Graham, De La Pampa al Magreb, 1898
El Conde de Saint-Foix, La Republique Orientale de l'Uruguay, Histoire, Geógraphie, Moeurs et Costumes, etc., París. 1892
Jorge Prina, Esgrima Criolla, Armas Gauchas y otras Yerbas…, Buenos Aires, Ed.Hesperides, 2018 segunda edición
Mario Lopez Osornio, El Lazo y la Boleadora, Buenos Aires 1945
Fernando Assuncáo, Pilchas Criollas, Montevideo, 1979

miércoles, 20 de marzo de 2019

Pilchas Criollas



Si hablamos de pilchas criollas, hablamos de la vestimenta del criollo, pilcha una palabra que del quechua significa ropa y del mapudungun arruga, una vestimenta peculiar como no hubo, adaptada a nuestros criollos. nuestra ropas eran una mezcla de vestimenta originaria,mezclada con detalles andaluces, no podemos negar las influencias arábigas, y como siempre se vestían con lo que podían buscando comodidad y practicidad, con eses detalle coqueto que tenia el gaucho. 

La vestimenta vario y evoluciono desde tiempos de la conquista a coloniales, pero sin duda fue en el 1800 donde ya estaba patente la identidad de esta nueva raza, el criollo, entonces tomaremos desde allí para describir las pilchas gauchas. A comienzos del siglo XIX numerosos artistas retrataron la vida peculiar del gaucho, y allí recogemos una documentación de usos y costumbre, como se vestían, entren los ilustradores nombraremos

Emeric Essex Vidal (1791-1861) marino de profesión, realizaba acuarelas allí donde estaba, uno de mis favoritos, sus ilustraciones son realmente dinámicas expresando claramente la vida diaria de antaño.


Carlos Enrique Pellegrini (1800-1871) ingeniero, que se dedicó a la pintura, realizo numerosos retratos y escenas que mostraban la tradición rioplatense adosándole una leyenda explicativa.


Adolfo D´Hastrel (1805-1875) oficial de marina, puntillosos en la ilustración, gracias a que era minusioso, muchos datos nos a legado, publicando Colección de vistas y costumbres del Rio de La Plata publicado en Francia en 1875.

Cesar Hipólito Bacle (1790-1838) fue un litógrafo popular, realizando sátiras de la moda colonial femenina.


Juan Leon Paliere (1823-1887) pintor francés radicado en argentina en 1855 donde retrato nuestras costumbres criollas.



Su vestimenta era adaptada a lo que tenían y a la usanza de la época, variando a lo largo del tiempo.
Haremos una descripción básica y amplia de un criollo de mediados del 1800, más adelante nos interiorizaremos en pilcha por pilcha.


Ahora bien, empecemos una descripción desde el calzado, y esta es la bota de potro, la cual se confeccionaba con el garrón del caballo, también las había de cuero de vaca, pero eran más duras, son sumamente cómodas, por experiencia lo afirmo, dependiendo la presencia de la puntera si montaba o no, ya que si quedaban los dedos sueltos permitía montar con el estribó pampa, este era un tiento con un palo en el medio; como se confeccionaban estas botas, se cortaba el garrón, se sobaba, se estiraba, y se le daba la forma, era una sola pieza… y en sus piernas se enfundaba el calzón, este era un pantalón, era de algodón o lino, de herencia española,  iba por debajo del chiripa, y dependiendo de su apariencia, es decir, si tenía cribos, que le daban ese aire importante, se dejaba por sobre la bota, si no tenía cribos se metía dentro de la bota, por arriba del calzón iba el chiripa, esta prenda era originaria de nuestras pampas, nuestros indios lo usaban como un pareo, pero cuando hubo que montar es que se comenzó a plegar al medio, quien uso alguna vez chiripa entiende,  y de allí que vario en diferentes modos de colocárselo, para mantenerlo bien agarrado, se fajaba, con qué?.
La bota de potro (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)
Una faja a modo de cinto y por arriba un tirador o culero, una prenda de cuero, era un cinto ancho, bien ancho, que servía tanto para las tareas rurales, como para proteger las zonas blandas de algún corte, este tirado se ajustaba por medio de tientos, o una rastra, estas eran de importante tamaño. Ya arriba se usaba camisa o camiseta de algodón, lino, y podía tener como no un cuello, chaleco o corralera era un lindo accesorio, sin dudas, imitando la moda peninsular española. Ya en la cabeza adorna un sombrero, desde el básico panza de burra, echo así mismo con la panza de burro, a variedad de galera o galera truncada, el clasico chambergo, hasta  pasando por los simples gorros de manga, detalle a contar sobre este la manga caía del lado izquierdo, donde se colocaba dentro una lonja de cuero para proteger ese lado (el lado débil) de un posible corte en duelos, reyertas y batallas. 

El Pañuelo (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)

El pañuelo, como vemos era fundamental, un gran cuadrado de aproximadamente 80cm., podía ser de seda, de algodón, estampado, liso, etc. se podía usar siempre atado sobre los hombros,  de golilla, sobre la cabeza hasta los hombros, anudado bajo la pera, será serenero, también uno lo podía atar en la cabeza como vincha o la corsaria, para faenas, como también, taparse la boca y nariz cuando arecía el viento; y nos falta el ultimo atavió del criollo, fundamental, desde esos tiempos a hoy infaltable, yo, por mi lado siempre llevo uno, si, el poncho, un paño rectangular grande con flecos, y agujero en el medio, abrigo en las frías noches, protección en los momentos de peligro, los hubo de diferentes confecciones algodón , alpaca, vicuña, hasta cuero, como así de diferentes colores identificando desde su pensamiento político, como el celeste unitario y el rojo federal, o como lo usaba el General San Martín, de un color ocre, marroncito, que eran para confundirse con el terreno, allá en Mendoza, esta prenda es otra pilcha originaria, Poncho es una palabra de origen quechua y mas allá que su confección es simple es aquí donde se uso y su uso se propago.
confección del panza de burra
(Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)
El gaucho vestía así, igualmente el consideraba parte de su atavió las espuelas, de las que se destacan las nazarenas, sus cuchillos el verijero adelante y un facon atrás con el filo hacia arriba listo para salir "cortando", un dato a tener en cuenta que a veces el gaucho era pobre, muy pobre andando en patas , un chiripa y un poncho, muchas crónicas cuentan esto, en muchos fortines el gaucho no recibía la paga ni uniforme, , con los años andaban andrajosos, pero esa es otra historia que igualmente tenemos que tener en cuenta,es así se vestía promediando un criollo del siglo XIX.


Hay que hacer una mención a Fernando Assuncao, con su libro "Pichas Criollas" en el cual describe las prendas criollas, desde la confeccion, historia y usos, recomendado para todo tradicionalista, este post esta acompañado por imágenes de su libro ilustradas por Federico Reilly.  

El Sombrero (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)


mas adelante se introdujo la alpargata, la boina vasca, y muchas prendas mas, que hoy día aun se usan y mas que nunca, pero eso es para otro post y otro tiempo...

El Poncho (Pilchas Criollas /Assuncao -  Really)

Galería Fotográfica

Gaucho Museo del traje

colorado del monte y dama antigua
Museo del traje

uncu camisa precolombina /poncho (año 1100-1500)
Museo de arte precolombino (Chile)

Gaucho Riograndense (circa 1870)
Pilchas Criollas de Assuncao


Grupo Recreacionista "Esgrima Criolla"



Fuentes:
Museo del traje
www.historiadeltraje.com
Pilchas Criollas, Fernando Assuncao

miércoles, 6 de marzo de 2019

El Fiyingo, aquel cuchillito malevo…




El fiyingo es un cuchillo pequeño, de uso y portación diaria, algo asi como el verijero, diríamos, posee una  hoja delgada (en comparación con un cuchillo de mayor tamaño) y alargada...estilizada.
De donde viene su nombre? Se supone que fiyingo, viene de fillingo, deformación del portugués Fliho (hijo) y el diminutivo, "hijito" forma 'cariñosa' de referirse a un cuchillo chico, y ya sabemos que tan cariñosos somos los criollos con nuestros filos.
En concreto, estamos hablando de un cuchillo con una hoja de no más de 18 centímetros. Si bien puede ser una hoja chica que con mango y todo terminara portando unos 25 centímetros, puede ser grande?, pero puede ser que efectivamente sea un fiyingo, hay cuchillos más grandes ciertamente, los detalles en claro sería un cuchillo pequeño, que se porta de manera oculta, con fácil desenvaine, hoja estilizada, y con fines de pelea, de la defensa a la pelea…ese es el fiyngo.

La Portación.                                                 
Se portaba en la sisa del saco, chaleco, en una sobaquera con tientos o simplemente en un bolsillo, lo importante era que no se note y que al salir, salga cortando.


El "mito urbano", no tan mito.
Hasta 1957 existían en la porteña Buenos Aires, los llamados edictos policiales, entre ellos uno, específicamente reprimía la "portación de arma blanca" cuya hoja excediera los cuatro dedos. Ello porque se consideraba la medida necesaria para interesar un órgano vital. Esto se aplicaba a toda pieza de hoja, plegable o fija. Cuando los edictos fueron derogados por la llamada Revolución Libertadora, se los incluyo en un Código Contravencional, casi sin modificaciones, esta es una de las historias de las que se habla el porqué de un cuchillo pequeño y oculto, en esos malevos de principio de siglo.
Y de yapa un cuento de Borges donde adivinen que cuchillo anda por ahí…


El Hombre de la esquina rosada.
      Por Jorge Luis Borges (1899–1986).
A Enrique Amorim

A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.

El Hombre de la esquina rosada por Breccia

Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
El Hombre de la esquina rosada por Breccia
La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
—Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.

Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
—Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
—De asco no te carneo —dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
—Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
—¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
—Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
—Entrá, m’hija —y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
—¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
—La está mandando un ánima —dijo el Inglés.
—Un muerto, amigo —dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados —alto, sin ver— y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. “Tápenme la cara”, dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
—Para morir no se precisa más que estar vivo —dijo una del montón, y otra, pensativa también:
—Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
—Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
—Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
—¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.

En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.

“Hombre de la esquina rosada” pertenece al libro Historia universal de la infamia (1936)


Fuentes:
Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia (1936)
Alejandro Fuertes, Esgrima Maleva (2016)
www.faconchico.com
y obviamente una profunda investigacion personal.