jueves, 23 de agosto de 2018

El sargento del Tercio de Flandes que adiestro a la fuerza guarani.


Corría el año de 1641, en Sudamérica,  cuando un ejército de mamelucos formado por 400 portugueses, los cuales se dedicaban a esclavizar indios fueron derrotados por un veterano de los Tercios de Flandes, quienes contaba la historia que nunca pisaron América…nunca?  y como es esta historia…comienza así.

Domingo de Torres nació a finales del siglo XVI en la península ibérica, pocos caminos habían para un joven con  espíritu indomable como el que el tenia, es así como termino componiendo en la fuerza más poderosa del planeta  en su época, los tercios de Flandes, el cuerpo de elite que domino Europa. 

Los Tercios eran unidades regulares profesionales permanentemente operativas, se incorporaban a partir de los 14 años, y su servicio era por no menos 20 años, de allí que eran tropas experimentadas, solo vivían para la guerra, y La recluta de los soldados del Tercio la realizaba cada capitán amparado por una patente llamada ‘conducta’, otorgada personalmente por el Rey, se destacó la amalgama de la disciplina con técnicas pulidas de pica, daga, espada y arcabuz.
Volviendo a la vida de Domingo, participo de la guerra de los 30 años así como en la guerra franco española, a daga y espada por toda Europa, licenciándose con más de 20 años de servicio, como sargento.

Y en América mientras tanto en la zona actual del Brasil un comercio de esclavos era manejado por los expediciones de los bandeirantes, estos buscaban metales, piedras preciosas, y capturaban indios que traían encadenados para venderlos como esclavos. Las columnas se organizaban así, un pequeño grupo de jefes portugueses, nacidos en Europa o en el Brasil; una tropa escogida de mamelucos (mestizas de blanco e india) armados con mosquetes y pistolas; un cuerpo numeroso de indios aliados que, como auxiliares de la columna, llevaba lanzas y arcos con flechas. Sus efectivos variaban de algunas docenas a varios cientos de hombres.
Los portugueses se dieron cuenta que los guaraníes tutelados por los jesuitas, se habían transformado en trabajadores agropecuarios bien adiestrados de modo que su valor se duplicó. Un esclavo negro era bueno trabajando por su resistencia física pero demandaba tiempo adaptarlo a las técnicas de laboreo en las haciendas. Por el contrario, los guaraníes gracias a los jesuitas, eran mano de obra capacitada y además, excelentes artesanos y por tanto un lucrativo negocio esclavizarlos.

Es asi como en  la Compañía de Jesús en el territorio Paracuaria, es decir, la entonces provincia del Paraguay,  sufre el asedio de los bandeirantes, estas misiones protegían y cuidaban de los guaraníes, más de 60000, indios fuero esclavizados, fue asi como tras sufrir numerosos ataques, ante esto el jesuita Ruiz de Montoya fue recibido por el rey Felipe IV y de inmediato lo informó de la gravedad de los ataques que estaban siendo objeto las Misiones y asi recibieron el permiso de la Corona de España para adiestrar a los indígenas.
Y es asi que el 21 de mayo de 1640 el monarca firmó una Real Cédula por la que transfería al Virrey del Perú el poder para armar a los guaraníes condenando el tráfico de seres humanos.

Si bien la ordenanza real llegaría cinco años más tarde a Lima, los jesuitas no esperaron todo ese tiempo sino que tomaron la iniciativa. En 1639 habían conseguido de Buenos Aires y de la Real Audiencia de Charcas las autorizaciones para que los aborígenes portaran armas de fuego. El gobernador de Buenos Aires, Pedro de Rojas y Acevedo envió varios instructores y armas y el papa Urbano VIII dispuso que los bandeirantes católicos fueran excomulgados. Como era de esperarse, los portugueses reaccionaron con más furia que nunca y casi matan a los monjes jesuitas que se encontraban en San Pablo tramitando un alto al fuego.
Finalmente en septiembre de 1640 partió la nueva bandeira portuguesa. Se sumaron a esta expedición -que no solo venía ya a saquear y esclavizar sino a cobrar venganza y apropiarse de territorios- varios nobles portugueses e hijos de acaudalados entre quienes se encontraban Antonio de Cunha Gago, Juan Leite y Pedro Nunes Dias. Unos 400 naturales de Portugal ingresaron a las filas bien equipados y armados con espadas, petos o armaduras parciales y armas de fuego. Como siempre, se sumaron los renegados Tupíes y mestizos además de negros esclavos, un ejército de unos 3500 efectivos comenzó a surcar por el río Uruguay en unas 700 canoas.


Notificados los jesuitas del avance del enemigo, el Superior de la Orden el padre Claudio Ruger ordenó concentrar el ejército guaraní de unos 4200 efectivos. El armamento tradicional indígena consistente en arcos y flechas, puñales, macanas y hondas fue reforzado con 300 arcabuces y piezas de artillería algunas de las cuales fueron enviadas desde Buenos Aires.
De inmediato comenzaron la construcción de balsas con unas novedades. Se las "fortificó" con troncos para resistir las piedras y flechas que arrojaban los tupíes y además, proporcionar algún tipo de "blindaje" contra los disparos de arcabuces. Un arma un tanto extraña que utilizaron en esta batalla los guaraníes fue el tambetá que era una quijada afilada y la cual se usaba en la batalla cuerpo a cuerpo como una segadora.

Domingo de Torres llega a América con el fin de adiestrar y preparar militarmente  a los guaraníes, su base será en Mboreré, hoy Argentina, los padres Antonio Cárdenas y Antonio Bernal, ex militares, comenzaron a ejercitar a los guaraníes en marchas y maniobras militares además de técnicas de combate. Simultáneamente, los padres Pedro Mola, Cristóbal de Altamirano, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo de Salazar, Antonio de Alarcón, Pedro Sardoni y Domingo Suárez se dedicaron al apoyo logístico, la construcción de balsas, etc. Las tropas indias fueron colocadas bajo el mando de los caciques Ignacio Abiarú y Nicolás Nhienguirú siendo su estado mayor los caciques Francisco Mbayroba y Azaray. El padre Claudio Ruger se declaró enfermo delegando el mando a los padres Diego de Boroa y Pedro Romero. La base de operaciones fue situada en la misión Asunción de Acaraguá cerca del arroyo Mbororé.
Dos guaraníes que habían escapado informaron en detalle la cantidad de tropas y calidad del armamento que traían los paulistas.

La Mission retrata lucha de bandeirantes y guaranies
El 25 de febrero el padre Altamirano envió río arriba 8 canoas en misión de exploración. Pero en un recodo de un río, se toparon con mas de 300 embarcaciones bandeirantes. Los guaraníes tuvieron una escaramuza con la fuerza invasora y escaparon perseguido por canoas tupíes. Sin embargo los perseguidores cayeron en una trampa cuando se aproximaron demasiado a la línea defensiva guaraní quienes salieron en auxilio de los suyos. En la refriega que siguió los tupíes hubieran sido exterminados a no ser porque comenzó una furiosa tormenta con truenos y relámpagos que obligó a detener las operaciones.

Con la llegada de la noche, acelerada por el mal tiempo, los paulistas intentaron atacar de sorpresa la posición jesuita de Acaraguá. En la oscuridad, 250 guaraníes en 30 canoas sostuvieron con valor el ataque a la luz de los relámpagos, contra una fuerza superior compuesta por mas de 100 embarcaciones.

Altamirano juzgo prudente retirarse ante la magnitud de las fuerzas invasoras o arriesgaba a perder todos sus efectivos. Antes, ordenó destruir todos los cultivos y víveres para no dejar nada a los atacantes. Esta desición fue acertada ya que el hambre condujo a los atacantes hacia el terreno que los jesuitas y caciques generales habían elegido para presentar combate.

Cuando llegaron a Mbororé se encontraron con las fuerzas guaraníes en línea de batalla y con la novedad que habían fortificado las orillas. Hasta las mujeres colaboraban acarreando todo lo que se necesitaba para mantener a los hombres en buenas condiciones.
Durante dos días los invasores tantearon la situación mientras decidían que hacer. Los jesuitas entre tanto, acumularon más refuerzos y confesaron a todos los que iban a pelear.

El 11 de marzo de 1641 la bandeira abandonó Acaraguá y avanzó río abajo con unas 300 embarcaciones. A las dos de la tarde, 60 canoas al mando del cacique general Ignacio Abiarú tomaron la iniciativa pasando al ataque enarbolando el estandarte de Francisco Javier. Luego de una breve arenga, Abiarú condujo a los suyos directo al medio de la formación enemiga comenzando la batalla que duraría casi una semana. Al frente de la singular flotilla fluvial, guiaba la acción una balsa donde iba montado un pequeño cañón que, al hacer fuego, comenzó a hacer estragos en las filas tupíes.

La noche alivió el combate que hasta el momento, resultaba desfavorable a la bandeira. Catorce canoas y algunas balsas fueron capturadas y muchos prisioneros.
 
Fuerzas bandeirantes al mando de Manuel Pires y Jerónimo Pedrozo de Barros partieron de San Pablo en septiembre de 1640.
Al día siguiente, 12 de marzo, los jesuitas pensaron llevar el combate a tierra firme pero los paulistas no aceptaron batallar lejos del río y por fuera de sus fortificaciones. En eso que parlamentaban jesuitas y caciques los pasos a seguir, llega un mensajero tratando de negociar la paz pero no le fue aceptada la oferta. De inmediato sitiaron el campamento bandeirante por tierra y desde el río sospechando que fuerza invasora estaba maltrecha y buscaban artimañas para reorganizarse. Desde el 12 hasta el 16 de marzo, el campamento enemigo fue bombardeado sin cesar.

Comprendieron los bandeirantes que ya la suerte en la batalla les sería adversa y decidieron parlamentar. Tenían muchos heridos y además, nada de víveres. Pidieron un nuevo tiempo para negociar la paz pero era tanto el daño que habían hecho, que los indios no querían saber nada con rendición. Los querían exterminar para siempre y alejarlos definitivamente de las tierras labradas.

El 16 salen de la fortificacion y procuran forzar el bloqueo navegando río arriba. Pero de inmediato son acosados por los guaraníes con tanta determinación que comenzó una masacre. Sin embargo, valiéndose de los portugueses y sus armas, los invasores alcanzaron a llegar a la desembocadura del río Tabay solo para encontrarse que los estaban esperando 2000 guaraníes formados en línea listos para la pelea. Solicitaron clemencia otra vez pero los caciques guaraníes se negaron a proporcionarla y los jesuitas no hicieron mucho para interceder. Ellos también estaban contagiados por el ardor de la guerra.

Finalmente arremetieron los bandeirantes contra la banda oriental del río Uruguay buscando la salvación pero fue un esfuerzo inútil. Los estaban aguardando y sufrieron constantes ataques que los diezmaron. Perdido el orden marcial, la bandeira se fue disgregando en pequeños grupos que fueron cazados sin piedad. La persecución aborigen fue mortal. Los tupíes eran muertos sin miramiento alguno y los portugueses asesinados así se rindieran.



Durante meses, luego de la batalla, partidas de guaraníes peinaron prolijamente la zona hasta no dejar a ningún bandeirante en actitud de pelea.

La batalla había sido terrible. De los 3000 paulistas que iniciaron el ataque, solo un puñado de tupíes regreso a San Pablo junto a 120 portugueses y mamelucos.

Hubo un intento posterior por socorrer a los derrotadoS pero el padre Altamirano junto con las tropas guaraníes de Abiarú los interceptaron y derrotan a finales de 1641. Con esto, cesaron por muchísimo tiempo, las temibles bandeiras. En los territorios portugueses de Brasil, ahora sabían que los jesuitas no solo eran capaces de cultivar tierras sino trabar tan fuerte amistad mediante el vínculo religioso, que los guaraníes se habían constituído en un ejército regular que había que respetar. Mborore fue también la primera Batalla Naval de Sudamérica.

En conjunto, entre 1637 y 1745, año este de la abolición definitiva de las reducciones, los ejércitos guaraníes entraron en combate al menos cincuenta veces en nombre del rey de España. En 1697, un contingente de dos mil indios rechazó a los franceses en Buenos Aires; en 1704, un ejército de cuatro mil hombres acompañado de caballos, ganado y un arsenal móvil descendió el Paraná en barcazas con el objetivo de defender la ciudad contra los ingleses; en 1724, expulsaron a los portugueses de Montevideo.
Cuentan que Domingo, el sargento memorable de los tercios de Flandes, siguió siempre junto a su ejército guaraní, murió de viejo, no encontró valiente que lo mate, una historia más de estas tierras.

Fuente: Henry Kamen, Imperio. La forja de España como potencia mundial. Aguilar, Barcelona 2003, páginas 326-327.
http://noticiasdelacruz.com.ar

2 comentarios:

  1. ¡¡¡Excelente Informe Jorge, se nota muy bien detallado y explicado. Abrazos, nos vemos!!!

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  2. MAGNIFICA PARTE DE UNA HISTORIA QUE NO CONOCÍA DE LOS INDIOS GUARANÍ.Gracias por compartir.Un fuerte abrazo

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